jueves, 31 de mayo de 2012

No basta con el ranking de notas


El rector de la Universidad Católica de Santiago, Ignacio Sánchez, anunció que posiblemente en el próximo proceso de admisión considerarían el ranking de los alumnos dentro de sus colegios, tomando en cuenta el promedio de notas. Hay estudios que respaldan este criterio como buen predictor del futuro rendimiento de los seleccionados. Me parece una buena noticia, pero insuficiente.

Es una buena noticia porque aparentemente tiende a ajustar un factor de inequidad. Los buenos alumnos de malos colegios están objetivamente en peores condiciones para postular que los buenos alumnos de colegios mejores. Es obvio, pero es importante recordarlo y corregirlo. Todavía recuerdo el caso de ese estudiante de un liceo, con excelentes notas –promedio cercano al siete- que da la prueba y saca 450 puntos. La familia entera había puesto todas las esperanzas en él; habían hecho sacrificios económicos para que pudiera terminar el colegio y… ¿en qué termina? Con una tremenda frustración. Con la medida anunciada por el rector Sánchez, que ojalá refrende el Cruch, se corrige en algo el problema que enfrentan alumnos responsables que no estudian en un buen colegio y que no quedan en las carreras de su preferencia y que con un poco de estimulación –por ejemplo, la que reciben en una universidad de calidad- se nivelan en semanas y luego superan a sus compañeros.

El anuncio del rector lo estimo sin embargo insuficiente, porque es preciso mirar con más detención el modo como se ponderan las notas de Enseñanza Media. Actualmente se aplica una escala estándar única según el tipo de educación. Pero todos sabemos que no todos los colegios exigen lo mismo y que no todas las notas valen lo mismo. Un siete en un el colegio A no vale lo mismo que un siete en el colegio B. De acuerdo a esta escala, muchos colegios con buenos rendimientos en la PSU suelen ser castigados y casi todos los con  malos rendimientos se benefician. Es una ley pareja injusta. Además produce un efecto secundario indeseado: cada vez es mayor la presión por subir los promedios de notas, bajo el argumento de que “las notas cuentan para la universidad”. Con esto los buenos profesores, que no suelen regalar las notas, se ven enfrentados a una permanente tensión: exigir a sus alumnos seriamente (lo cual a veces implica poner malas notas) y no “perjudicarlos” cara a su ingreso a la universidad.

Estimo que el sistema se podría corregir si, junto con tomar en cuenta las posiciones relativas de los alumnos dentro de su colegio, las escalas para ponderar las notas de Enseñanza Media no fueran únicas, sino dependieran del colegio del que egresa el alumno. Así las escalas deberían estar construidas teniendo en cuenta el resultado de ese colegio en un período razonable de tiempo. De esta manera se lograría un ajuste entre los promedios de notas y los resultados en la PSU. Además quitaría “presión inflacionaria” sobre los promedios; los colegios tendrían más libertad para fijar los estándares de evaluación; y quién sabe si volveríamos a los tiempos –quizá no del todo deseables- en que el 7 era para Dios, el 6 para el profesor y el 5 para los buenos alumnos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Padres adolescentes


“La adolescencia es la etapa de la vida en que los padres se ponen insoportables”. Así comenzó el charlista su conferencia sobre los desafíos de la educación de adolescentes, generando más de una risa en su audiencia. Lo que parecía una broma para distender el ambiente, encierra una sabiduría profunda.

La adolescencia de los hijos coincide a veces con la llamada crisis de los 40 de los papás. Suelen pasar por ella aquellas personas que siempre han esperado la felicidad en lo que está por venir. La felicidad –piensan- no depende tanto de una actitud interior frente a la realidad –la que sea- sino de que en torno a mí se den cita las circunstancias más favorables. Quien no está contento en la época escolar pone su confianza en la futura vida universitaria: entonces estudiaré lo que yo quiera. Quien está insatisfecho con su vida durante su paso por la universidad, pone su esperanza en la vida de trabajo o en el matrimonio: no estaré sometido al estrés de los exámenes. Quien ha empezado recién a trabajar sabe que debe sacrificarse al principio para en su momento adquirir una cierta posición y prestigio: más adelante tendré más libertad en mi trabajo. Los recién casados que comienzan a descubrir que el matrimonio no sacia sus ansias de felicidad tal vez piensen: un hijo me alcanzará la paz que busco. El hijo nace y no mejora las cosas. ¿Qué ocurre cuando las personas están insatisfechas en la vida y llevan ya algún tiempo casadas -¿crisis de los 7 años?- y están relativamente asentadas en lo profesional? Habitualmente no tienen en el futuro ninguna nueva situación que aminore el tedium vitae. Ya no hay nada en lo que esperar. La insatisfacción empieza a cundir y tal vez se profundiza cada mañana cuando se miran en el espejo y no les gusta lo que ven. Quizá las románticas promesas del matrimonio y de la familia no se han cumplido. Los años que quedan por delante –la mitad de la vida- pueden agobiar: siempre lo mismo. La persona se da cuenta de que no puede seguir así; la situación no se sostiene en el tiempo y se desata la crisis.

Algunos intentan superarla buscando lo nuevo. Lo nuevo puede ser cambio de trabajo o romper con la familia. En definitiva, poner el cuenta kilómetros en cero. Se invoca el derecho a la felicidad, a rehacer la vida; se culpa al cónyuge, a los hijos y al trabajo de la propia infelicidad. Piensan: después de todo, si exploro nuevos rumbos los míos estarán mejor. Así encubren su propio egoísmo con “preocupación por los demás”. Y ocurre lo que ya sabemos: que la felicidad no la encuentra en los nuevos rumbos ni en las nuevas uniones ni en los nuevos trabajos… Otros, con más realismo y sentido común, optan por la fidelidad al proyecto ya trazado y se dan cuenta de que para disfrutar de los frutos maduros del amor hay pasar por la prueba del tiempo.

La adolescencia es una época de inseguridades y definiciones. Es difícil sortearla con la ayuda de padres adolescentes. El consejo viene de antiguo: un ciego no guía a otro ciego.