“La adolescencia es la etapa de
la vida en que los padres se ponen insoportables”. Así comenzó el charlista su
conferencia sobre los desafíos de la educación de adolescentes, generando más
de una risa en su audiencia. Lo que parecía una broma para distender el
ambiente, encierra una sabiduría profunda.
La adolescencia de los hijos
coincide a veces con la llamada crisis de los 40 de los papás. Suelen pasar por ella aquellas
personas que siempre han esperado la felicidad en lo que está por venir. La felicidad –piensan- no
depende tanto de una actitud interior frente a la realidad –la que sea- sino de
que en torno a mí se den cita las circunstancias más favorables. Quien no está
contento en la época escolar pone su confianza en la futura vida universitaria:
entonces estudiaré lo que yo quiera. Quien
está insatisfecho con su vida durante su paso por la universidad, pone su
esperanza en la vida de trabajo o en el matrimonio: no estaré sometido al estrés de los exámenes. Quien ha empezado
recién a trabajar sabe que debe sacrificarse al principio para en su momento
adquirir una cierta posición y prestigio: más
adelante tendré más libertad en mi trabajo. Los recién casados que
comienzan a descubrir que el matrimonio no sacia sus ansias de felicidad tal
vez piensen: un hijo me alcanzará la paz
que busco. El hijo nace y no mejora las cosas. ¿Qué ocurre cuando las
personas están insatisfechas en la vida y llevan ya algún tiempo casadas
-¿crisis de los 7 años?- y están relativamente asentadas en lo profesional? Habitualmente
no tienen en el futuro ninguna nueva situación que aminore el tedium vitae. Ya no hay nada en lo que
esperar. La insatisfacción empieza a cundir y tal vez se profundiza cada mañana
cuando se miran en el espejo y no les gusta lo que ven. Quizá las románticas
promesas del matrimonio y de la familia no se han cumplido. Los años que quedan
por delante –la mitad de la vida- pueden agobiar: siempre lo mismo. La persona se da cuenta de que no puede seguir
así; la situación no se sostiene en el tiempo y se desata la crisis.
Algunos intentan superarla buscando lo nuevo. Lo nuevo puede ser
cambio de trabajo o romper con la familia. En definitiva, poner el cuenta
kilómetros en cero. Se invoca el derecho a la felicidad, a rehacer la vida; se
culpa al cónyuge, a los hijos y al trabajo de la propia infelicidad. Piensan: después de todo, si exploro nuevos rumbos
los míos estarán mejor. Así encubren su propio egoísmo con “preocupación
por los demás”. Y ocurre lo que ya sabemos: que la felicidad no la encuentra en
los nuevos rumbos ni en las nuevas uniones ni en los nuevos trabajos… Otros,
con más realismo y sentido común, optan por la fidelidad al proyecto ya trazado
y se dan cuenta de que para disfrutar de los frutos maduros del amor hay pasar por
la prueba del tiempo.
La adolescencia es una época de
inseguridades y definiciones. Es difícil sortearla con la ayuda de padres adolescentes.
El consejo viene de antiguo: un ciego no guía a otro ciego.
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