miércoles, 16 de mayo de 2012

Padres adolescentes


“La adolescencia es la etapa de la vida en que los padres se ponen insoportables”. Así comenzó el charlista su conferencia sobre los desafíos de la educación de adolescentes, generando más de una risa en su audiencia. Lo que parecía una broma para distender el ambiente, encierra una sabiduría profunda.

La adolescencia de los hijos coincide a veces con la llamada crisis de los 40 de los papás. Suelen pasar por ella aquellas personas que siempre han esperado la felicidad en lo que está por venir. La felicidad –piensan- no depende tanto de una actitud interior frente a la realidad –la que sea- sino de que en torno a mí se den cita las circunstancias más favorables. Quien no está contento en la época escolar pone su confianza en la futura vida universitaria: entonces estudiaré lo que yo quiera. Quien está insatisfecho con su vida durante su paso por la universidad, pone su esperanza en la vida de trabajo o en el matrimonio: no estaré sometido al estrés de los exámenes. Quien ha empezado recién a trabajar sabe que debe sacrificarse al principio para en su momento adquirir una cierta posición y prestigio: más adelante tendré más libertad en mi trabajo. Los recién casados que comienzan a descubrir que el matrimonio no sacia sus ansias de felicidad tal vez piensen: un hijo me alcanzará la paz que busco. El hijo nace y no mejora las cosas. ¿Qué ocurre cuando las personas están insatisfechas en la vida y llevan ya algún tiempo casadas -¿crisis de los 7 años?- y están relativamente asentadas en lo profesional? Habitualmente no tienen en el futuro ninguna nueva situación que aminore el tedium vitae. Ya no hay nada en lo que esperar. La insatisfacción empieza a cundir y tal vez se profundiza cada mañana cuando se miran en el espejo y no les gusta lo que ven. Quizá las románticas promesas del matrimonio y de la familia no se han cumplido. Los años que quedan por delante –la mitad de la vida- pueden agobiar: siempre lo mismo. La persona se da cuenta de que no puede seguir así; la situación no se sostiene en el tiempo y se desata la crisis.

Algunos intentan superarla buscando lo nuevo. Lo nuevo puede ser cambio de trabajo o romper con la familia. En definitiva, poner el cuenta kilómetros en cero. Se invoca el derecho a la felicidad, a rehacer la vida; se culpa al cónyuge, a los hijos y al trabajo de la propia infelicidad. Piensan: después de todo, si exploro nuevos rumbos los míos estarán mejor. Así encubren su propio egoísmo con “preocupación por los demás”. Y ocurre lo que ya sabemos: que la felicidad no la encuentra en los nuevos rumbos ni en las nuevas uniones ni en los nuevos trabajos… Otros, con más realismo y sentido común, optan por la fidelidad al proyecto ya trazado y se dan cuenta de que para disfrutar de los frutos maduros del amor hay pasar por la prueba del tiempo.

La adolescencia es una época de inseguridades y definiciones. Es difícil sortearla con la ayuda de padres adolescentes. El consejo viene de antiguo: un ciego no guía a otro ciego.

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