Hace poco un buen amigo me contaba que cuando estaba en 5° básico
fue nombrado tesorero de su curso. Orgulloso llegó a su casa y se lo contó a su
mamá, la que se limitó a decirle con cariño: “Ten en cuenta que la plata que
manejas no es tuya y que debes responder hasta del último peso que recibas. No
puede haber ni más ni menos plata porque será signo de desorden. Y si alguna
vez falta, tendrás que reponerlo con tu mesada”. Añadió que probablemente esa
fue una de las lecciones más importantes de su vida sobre justicia y
responsabilidad y que lo había marcado profundamente, sobre todo después que
una vez la caja no cuadró y no tuvo más remedio que echar mano de sus ahorros,
a esa alturas de la vida más bien escasos.
Recuerdo que en las dos columnas anteriores habíamos profundizado
en la prudencia, en el ámbito de la educación familiar. Ahora es el turno de la
justicia, virtud fundamental para que la persona construya
adecuadamente sus relaciones humanas. El ámbito de la justicia es amplio.
Abarca las relaciones familiares –con los padres y hermanos, con los abuelos,
con los primos, etc.-, las relaciones sociales –con la autoridad, con los otros
ciudadanos, con aquéllos que nos prestan algún servicio-, las relaciones
estrictamente laborales, la relaciones de amistad y en general, regula los
actos de la persona a través de los cuales se vincula con otros.
El primer lugar de aprendizaje de la justicia es el hogar. La vida
familiar ofrece ocasiones constantes para ejercitar esta virtud. En cada
familia debe existir un modo de organizarse, de tratarse, de contribuir al bien
de la familia. Según James Stenson, este modo puede concebirse como un conjunto
de reglas y estándares de conducta que todos
los integrantes de la familia se esfuerzan por vivir y que no es necesario
escribirlas, pero si se analiza una familia que “funciona” (ciertamente hay
familias que no funcionan) es posible
definirlas. Luego, como padres e hijos se esmeran por ponerlas en práctica,
siempre su enunciado se redacta en la primera persona del plural. Veamos un
ejemplo de lo que decimos (algunos tomados del mismo Stenson):
1. En nuestra familia respetamos los derechos y
los sentimientos de los demás. Por eso: no usamos un lenguaje soez, pedimos
las cosas por favor, damos las gracias, pedimos disculpas, no interrumpimos
cuando otro habla, no contestamos cuando nos corrigen, no hacemos promesas con
liviandad, somos fieles a nuestras citas y compromisos, no peleamos en la mesa,
saludamos a los adultos con cortesía, atendemos bien a las visitas, aceptamos
las disculpas, etc.
2. Todos contribuimos a hacer de nuestro hogar un lugar acogedor y
civilizado. Por eso: entramos a la casa con los zapatos limpios, no cerramos
con portazos, no gritamos, hacemos nuestras camas en la mañana, cuando sacamos
algo de un lugar luego lo devolvemos al mismo sitio, tenemos diversos encargos
(cortar el pasto, poner los platos, cerrar las cortinas, etc.).
3. Le damos a las personas la información que
necesitan para llevar a cabo sus responsabilidades. Por eso: cuando salimos
siempre informamos dónde iremos, con quién y a qué hora volveremos; si nos
atrasamos, avisamos; pedimos permiso con anticipación para las actividades que
sea necesario pedirlo; volvemos a una hora razonable de las actividades
nocturnas; tomamos bien los recados; etc.
4. Usamos los medios de comunicación para
promover la vida familiar y el bienestar de todos; no permitimos que los medios
vayan en contra de la familia y su bienestar. Por eso: no permitimos que a
través de las pantallas (TV, Internet, videojuegos, etc.) entre a nuestra casa
nada que atente contra nuestros principios o que trate a las personas como
meros objetos (pornografía, vulgaridad, violencia sádica); no vemos televisión
durante las comidas; no se ve televisión en la noche cuando hay que trabajar al
día siguiente; una pantalla nunca reemplaza un rato de conversación familiar o
alguna actividad conjunta; etc.
Me parece importante insistir que no sería razonable que en el
ámbito de una familia se recurra a normas escritas. Asfixiaría lo más propio de
la vida familiar: la naturalidad, la sencillez, el “sentirse en mi casa”. Lo
que se ha presentado no es más que un ejercicio teórico. Lo que sí es
fundamental es que la vida familiar se rija por algunos principios sensatos. Si
analizamos de cerca las orientaciones generales propuestas nos damos cuenta que
están planteadas de modo positivo, aunque supongan algunas restricciones (decir
sí a algo siempre implica un no a otra cosa). Esto tiene una consecuencia
clara: cada vez que en la casa se imponga una restricción se debe tener muy
claro el por qué, explicado en términos positivos. Si no es posible llegar a un
por qué razonable, es mejor que esa norma no exista. Por eso antes de “mandar o
prohibir” hay que pensar muy bien los motivos por los cuales se manda o
prohíbe.