viernes, 5 de abril de 2013

Soledad en la familia

Las cifras del último censo de nuestro país arrojan una alarmante baja en la natalidad. Más allá de las consecuencias económicas, que son muchas y no favorables y que probablemente serán profusamente analizadas, me interesa centrarme en un aspecto que supongo será menos comentado. El hecho de que en Chile haya proporcionalmente menos niños significa, en la práctica, que una de las características de la mayoría de nuestras familias es que los hijos están cada día más solos.
Un simple cálculo permite objetivar un poco más el asunto. Con las cifras de natalidad entregadas, el tamaño de las familias no supera en promedio los cuatro miembros Si tenemos en cuenta a los hijos que nacen fuera del matrimonio, o los que tienen a sus padres separados, los grupos familiares son aún más pequeños. Todo lo anterior significa lo que ya sabemos: en sus casas los niños pasan la mayoría del tiempo solos o casi solos. Si los papás trabajan, que es lo más frecuente, es inevitable.
El peor enemigo de la educación es la soledad. Y no sólo de la educación, sino del hombre. Lo enseñaba con palabras fuertes Benedicto XVI: el infierno es estar solos. Verdaderamente es muy triste ver a un niño solo.
Quizá la descripción más dramática de lo que significa la soledad en la vida familiar –o mejor, en la falta de vida familiar- es la que refleja la célebre película del director sueco Ingmar Bergman, Sonata de Otoño. Una pianista exitosa (Ingrid Bergman) visita luego de muchos años a sus hijas, una de ellas casada (Liv Ullman) y la otra postrada en cama. El encuentro es durísimo para todas, pero lo que más impresiona son los diálogos madre-hija, en los que salen a relucir todas las heridas acumuladas durante los años de soledad infantil, en los que la mamá estaba más preocupada de su carrera profesional que de su familia. Con su estilo implacable, sin dar ningún respiro y llegando hasta los extremos, Bergman pone frente a nuestros ojos el desastre de los hijos que son abandonados por sus padres.
Es probable que en nuestros hogares no se dé la crudeza que se muestra en Sonata de Otoño. Pero tal vez no estamos tan lejos de esa pavorosa descripción. Cuando un niño llega a su casa y la única compañía es la televisión o el computador, eso es soledad. Cuando los padres no están dispuestos a sacrificar un poco –sólo un poco- su carrera profesional, incuban soledad. Cuando bajo pretexto de dar libertad se teme exigir, los hijos interpretan que hay falta de cariño y se sienten solos. Y la falta de compañía la van llenando con sucedáneos que no tardan en mostrar frutos amargos: drogas, amor sin compromiso, nihilismo en todas sus formas.
Cuando las familias son pequeñas no sólo sufren los niños, sino también los ancianos. La senectud es una etapa en la que claramente se necesita de los demás, y muchas veces requiere, por parte de los hijos, un gran sacrificio para cuidar de sus padres. Y esto sólo por un elemental sentido de justicia: no hacen más que devolver un poco de lo que recibieron. Cuando hay muchos hermanos, la carga se reparte y todos ganan. Cuando son pocos, uno o dos, los papás pueden transformarse en un pesado lastre y ya sabemos lo que ocurre: muchos quedan abandonados en una residencia especial. Definitivamente, la soledad engendra soledad.
La soledad es probablemente el fruto más amargo de nuestra cultura individualista y hedonista contemporánea. Con las cifras de natalidad que acabamos de conocer, parece realista decir que el futuro no se nos viene muy alentador. Es urgente incentivar que las familias sean más grandes y a la vez, que los padres dediquen más tiempo –cantidad y calidad- a estar con sus hijos.