sábado, 5 de diciembre de 2015

El rol del profesor (II)

Puestas las bases fundamentales sobre el ser del hombre, podemos ahora estudiar las consecuencias que se derivan de su concepción personal en el ámbito educativo. Tomás de Aquino hace un penetrante análisis en el De Magistro, el cual como veremos tiene una gran actualidad[1]. En primer lugar, indica Santo Tomás, que el sujeto principal e intrínseco de la docencia es el sujeto que aprende. El maestro no infunde el conocimiento, no lo impone, ni traspasa. El profesor actúa ayudando a adquirir el saber.

En segundo lugar señala que la función del profesor consiste en enseñar (del latín insignare: mostrar con signos). El alumno a través de estos signos entiende lo que se le enseña.

En tercer lugar, el alumno aprende a partir de los primeros principios y las primeras nociones que adquiere por el conocimiento sensible. El alumno es el que aprende, y lo hace según su capacidad.

El cuarto y último principio es que el profesor debe facilitar el aprendizaje del alumno o la elaboración personal de sus conocimientos, evitando argumentos inútiles, siguiendo un método ordenado de exponer y procurando no repetir sus enseñanzas. Con la explicación, lo que se debe lograr es que el alumno mismo se explique.

¿Siguen siendo válidos estos principio? Para responder a la pregunta podemos compararlos con la teoría del aprendizaje significativo de Ausubel[2]. Ausubel sostiene que el alumno debe asumir que él es el responsable de aprender y debe manifestar una actitud favorable para relacionar los nuevos contenidos de un modo sustancial (no arbitrario) con los conocimientos de su estructura cognitiva. La escuela no puede renunciar a su responsabilidad por la dirección guiada de los aprendizajes (de lo cual se infiere la responsabilidad de los profesores). En segundo lugar, plantea que dentro del aula, el lenguaje es el sistema básico de comunicación y transmisión de conocimientos (enseñanza expositiva verbal). En tercer término, para Ausubel la tarea del docente consiste en programar, organizar y secuenciar los contenidos de forma que el alumno pueda realizar un aprendizaje significativo.

No es difícil darse cuenta que las condiciones del aprendizaje significativo de Ausubel son bastante similares a las que plantea Santo Tomás. Esta coincidencia no debe tomarse en términos polémicos, sino como una confirmación de que los enfoques personalistas toman lo mejor de la tradición filosófica cristiana y de las modernas teorías pedagógicas

Llegado a este punto podemos sacar otras consecuencias sobre las características del profesor en el enfoque personalista y los medios que hay que poner para formarlo:

a) Deber tener una sólida formación en la disciplina que enseña y debe saberla integrar dentro de un contexto cultural amplio.
b) Debe manejar las teorías del desarrollo de la persona en lo cognitivo, afectivo y social. Sólo así podrá dar la ayuda necesaria en el momento adecuado.
c) También debe ser un experto en el conocimiento de los modos que tienen las personas para aprender.
d) Como decíamos más arriba, debe profundizar en la dimensión ética de su condición de profesor. No sólo para regular su comportamiento, sino que para que sea capaz de ayudar al alumno a que haga un uso progresivo de su libertad.
e) Ha de ser un experto en la didáctica específica de su especialidad de modo de facilitar al alumno la elaboración personal de sus conocimientos.
f) Se le debe enseñar a trabajar en equipo. La tarea docente se debe entender como una función cooperativa en la que cada profesor aporta sus iniciativas.
g) Se debe habituar al estudio permanente, para estar al día en su disciplina específica y al tanto de todos los avances de la ciencia pedagógica.
h) Es fundamental la conciencia de la importancia del trabajo para el mejoramiento de la persona. Y para esto es fundamental la idea de la Obra Bien Hecha. “Un sistema educativo basado en la Obra Bien Hecha tiene como una de sus finalidades ayudar al estudiante a ser capaz de descubrir el bien que en todo trabajo –incluso en los más agobiantes- se encierre. El trabajo es una necesidad humana; en la medida en que no se llegue a ver como un camino de plenitud, la vida del hombre se degrada”[3].



[1] Tomás de Aquino, De Veritate, q. XI, a. 1.
[2] Cf. Ausubel, D. P.; Novak, J. D. y Hanesian, H. (1983). Psicología Educativa. Un punto de vista cognoscitivo. México: Trillas. (Ed. orig. 1978).
[3] García Hoz, V. (1987), Pedagogía visible y educación invisible, Madrid: Rialp.

sábado, 31 de octubre de 2015

El rol del profesor (I)

(Breve estudio que hice sobre el rol del profesor…Destinado a los que le gusta en serio la educación. Vuelvo después de algún tiempo parado. Lo presentaré en tres partes)


El predominio del racionalismo y su reducción de las certezas a lo que puede ser verificado por el método científico, ha llevado la educación a un pragmatismo al estilo de Dewey, que si bien puede aportar elementos útiles en lo meramente técnico-pedagógico, corre el riesgo de estrechar la comprensión de lo que significa el proceso educativo. Sin embargo, en un ambiente cultural en el que se constata el fracaso de las ideologías y en el que las promesas de la mitología del progreso indefinido no se han cumplido, parece haber espacio para nuevos planteamientos que den una salida distinta al nihilismo y su consecuente desesperanza.

El impulso que ha recibido el tomismo en el siglo XX y sus proyecciones educativas en las teorías personalistas de la educación, puede ser luz que nos saque del callejón sin salida en el que se ha metido la modernidad. La práctica de una educación personalizada parece ser una solución que permita a la educación salir del ámbito de lo factible y experimentable[1] y abrirse ella misma y al sujeto educado a la trascendencia, y se dé así una respuesta eficaz a las preguntas fundamentales de la existencia humana.

¿No resulta anticuado y “poco moderno” recurrir a autores medievales en los tiempos actuales? ¿Rehabilitar planteamientos escolásticos para delimitar el concepto de educación y el rol del educador, no es acaso un intento destinado al fracaso y a ser un diálogo de sordos con las tendencias pedagógicas y psicológicas más en boga? Como veremos, parece ser que la mirada sobre las concepciones pedagógicas de los maestros medievales y en especial de Tomás de Aquino, son más bien fruto de prejuicios que de un examen atento y desapasionado, y que si son correctamente comprendidas y traducidas al lenguaje del hombre contemporáneo, pueden tener plena carta de ciudadanía en los modernos aerópagos.

El punto de partida de las teorías personalistas es la recuperación de la concepción del hombre como persona. El propósito de la educación será el de educar personas a propósito de que son personas.

Para comprender el rol del educador en el enfoque personalista hace falta profundizar en el concepto de persona. No es este el lugar para analizar a fondo la comprensión tomista del término. Por ahora será suficiente un par de observaciones sobre la condición del ser personal.

Ser persona en primer lugar es una categoría metafísica. La dignidad de la persona no depende de su actividad sino de su ser. La persona tiene dignidad por la excelencia de su ser. Esto no quiere decir que la actividad no sea importante, sino que la actividad se funda en el ser. La educación por lo tanto es más que la preparación para la actividad; está más esencialmente relacionada con ayudar a ser y esto implica necesariamente a todos los ámbitos del actuar humano. Por otro lado, la afirmación de la condición metafísica del ser personal supone, según Forment, tres condiciones previas[2]. La primera es la afirmación de que la realidad posee una verdad propia que el entendimiento humano no crea, sino que únicamente es capaz de expresar. La segunda es que debe buscarse la verdad integral de la realidad. Y la tercera es el reconocimiento de que la persona expresa en su lenguaje lo que conoce.

Por otro lado, cuando Santo Tomás de Aquino afirma la condición personal del ser humano lo hace en un contexto teológico. Esto significa que el ser personal no se agota en el hombre. Más aún, el hombre es persona de modo participado. El verdadero ser personal es el divino. Pero el ser divino, de acuerdo a la doctrina católica, es tripersonal. La reflexión sobre este misterio lleva a la conclusión de que cada persona divina es el término de una relación. Ser persona en el ser divino es esencialmente una relación. Cuando se afirma entonces que el hombre es un ser personal, se está señalando de forma implícita su naturaleza relacional. De esta realidad, el personalismo extrae la consecuencia de que “la persona es un bien respecto del cual sólo el amor constituye la actitud apropiada y valedera”[3]. Toda persona necesita ser amada con un amor personal, distinto del que se tiene a las cosas o a los meros individuos.

A estas alturas ya podemos extraer un par de conclusiones sobre el rol del profesor. La primera es que debe entender su labor educativa como una labor ética. Así lo explica Cardona: “Lo primero que debe hacer el educador, como profesional de la enseñanza, es conseguir que su propia tarea sea un acto ético: debe actuar éticamente, como persona que se dirige a personas, y dar a esa relación recíproca que se establece un sentido moralmente bueno: ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias. Ha de ser un buen profesor, siendo un profesor bueno”[4].

La segunda es que debe tener una buena formación humanística que le permita entender la riqueza de la visión cristiana del hombre.



[1] Para Dewey la educación es “una constante reorganización o reconstrucción de la experiencia” (Dewey, J. (1995), Democracia y educación. Introducción a la filosofía de la educación. Madrid: Morata, p. 73.). Reflejo de su pragmatismo es también la quinta fase de su propuesta metodológica: la práctica es la prueba del valor de la reflexión hecha por el educando con objeto de resolver el problema (cf. Dewey, J. (1989), Cómo pensamos Nueva exposición de la relación entre pensamiento reflexivo y proceso educativo. Barcelona. Paidós, p. 99-110).
[2] Cf. Edudaldo Forment. (1989). El ser personal, fundamento de la educación. En El concepto de persona (65-66). Madrid: Rialp.
[3] Wojtyla, K. (2011), Amor y responsabilidad, Madrid: Palabra, p. 52.
[4] Cardona, C. (1990), Ética del quehacer educativo, Madrid: Rialp, p.19.

lunes, 6 de octubre de 2014

El oficio más privilegiado

En el debate sobre la reforma educacional no se ha hablado de nada que tenga incidencia directa y eficaz sobre la calidad de la educación. Se pierde tiempo y tinta en tratar temas accidentales y se habla muy poco de lo único verdaderamente relevante: la centralidad del profesor.

Todo el empeño se debe poner en promover políticas que atraigan a los mejores hacia la profesión docente y en facilitar su trabajo en la sala de clases. Este es el principal resorte de la máquina. La calidad de la educación se juega principalmente en la sala de clases.

A continuación ofrezco unos textos de “Lecciones de los maestros” de George Steiner en los que reflexiona sobre la importancia de esta profesión:

“Los peligros se corresponden con el júbilo. Enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano. Es buscar acceso a la carne viva, a lo más íntimo de la integridad de un niño o de un adulto. Un Maestro invade, irrumpe, puede arrasar con el fin de limpiar y reconstruir. Una enseñanza deficiente, una rutina pedagógica, un estilo de instrucción que, conscientemente o no, sea cínico en sus metas meramente utilitarias, son destructivas. Arrancan de raíz la esperanza. La mala enseñanza es, casi literalmente, asesina y, metafóricamente, un pecado. Disminuye al alumno, reduce a la gris inanidad el motivo que se presenta. Instila en la sensibilidad del niño o del adulto el más corrosivo de los ácidos, el aburrimiento, el gas metano del hastío. Millones de personas han matado las matemáticas, la poesía, el pensamiento lógico con una enseñanza muerta y la vengativa mediocridad, acaso subconsciente, de unos pedagogos frustrados

“La antienseñanza, estadísticamente, está cerca de ser la norma. Los buenos profesores, los que prenden fuego en las almas nacientes de sus alumnos, son tal vez más escasos que los artistas virtuosos o los sabios. Los maestros de escuela que forman el alma y el cuerpo, que saben lo que está en juego, que son conscientes de la interrelación de confianza y vulnerabilidad, de la fusión orgánica de responsabilidad y respuesta (lo que yo llamaría <<respuestabilidad>> [answerability]) son alarmantemente pocos. Ovidio nos recuerda que «no hay mayor maravilla». En realidad, como sabemos, la mayoría de aquellos a quienes confiamos a nuestros hijos en la enseñanza secundaria, a quienes acudimos en busca de guía y ejemplo, son unos sepultureros más o menos afables. Se esfuerzan en rebajar a sus alumnos a su propio nivel de faena mediocre. No «abren Delfos» sino que lo cierran.”


No hay ofi­cio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos: ésta es una triple aventura que no se parece a nin­guna otra. Conforme se amplía, la familia compuesta por nuestros antiguos alumnos se asemeja a la ramificación, al verde de un tron­co que envejece (yo tengo alumnos de los cinco continentes). Es una satisfacción incomparable ser el servidor, el correo de lo esen­cial, sabiendo perfectamente que muy pocos pueden ser creadores o descubridores de primera categoría. Hasta en un nivel humilde —el del maestro de escuela—, enseñar, enseñar bien, es ser cómplice de una posibilidad trascendente. Si lo despertamos, ese niño exasperante de la última fila tal vez escriba versos, tal vez conjeture el teorema que mantendrá ocupados a los siglos”.

lunes, 30 de septiembre de 2013

El corazón de un colegio

Los niños pasan una buena parte del día en el colegio. Aunque la primacía de la formación la tiene la familia, el colegio no es un lugar indiferente; en muchos casos resulta decisivo para que efectivamente un niño llegue a ser hombre cabal.

La misión principal de un colegio debe ser la de ayudar a los padres a educar a sus hijos. La actividad de un centro educativo es conveniente plantearla en continuidad con la labor de los padres. No se debe caer en la ingenuidad de pensar que los colegios son desde el punto de la formación moral instituciones neutras. Cuando en el ideario educativo se plantean las cosas de modo neutral, ya se está tomando una posición: el mundo de la cultura está desconectado con el mundo de la libertad, lo cual sin duda es altamente peligroso. Además, quienes enseñan son personas que tienen sobre sus espaldas toda la carga de sus decisiones, que le dan un estilo personal que necesariamente influye en la sala de clases. El modo como el colegio ayuda a los padres en la formación de sus hijos es a través de las actividades propias de un centro educativo.

Estrictamente hablando un colegio no puede dar educación integral; esta sólo es posible al interior de la familia. Sin embargo, sin forzar las cosas y con naturalidad, los colegios deben parecerse lo más posible a las familias, al menos en los temas fundamentales: primacía del amor y todas sus consecuencias. Esto se traducirá en primer lugar en la convicción de todos los que trabajan en el centro de que su vocación es formar personas y la condición para ello es querer a los alumnos. Todo el trabajo debe mirarse bajo este prisma. Sólo quien quiere al alumno es capaz de educarlo. Al respecto nos dice Carlos Cardona: “El amor al otro en cuanto otro es la fuente, el alma y la norma de toda acción educativa. Sin amor no es posible educar. Todos tenemos experiencia de esto: nos resistimos a ser educados por quien no nos quiere”[1].

¿Cómo manifestar este cariño? Es lo mismo que preguntarse: ¿Cómo tratar personalizadamente a un alumno? Veamos la respuesta que nos da Cardona, que aunque larga, vale la pena citar: “La primera aplicación práctica es tratar a cada alumno de modo personalizado. No tratarlo como una fracción de multitud, sino como una persona única e irrepetible. Hay que interpelar directamente su responsabilidad personal. Es claro que eso requiere un trato directo (del profesor, y no sólo del tutor), dedicándole tiempo. Hay que conocer a los alumnos por sus nombres, tener de ellos una visión personal y propia. Eso puede hacerse incluso cuando el auditorio es numeroso: en el modo de dirigirse a todos los alumnos a la vez, se puede lograr una cierta interpelación personal, al menos implícita, si el profesor mismo no pierde de vista que cada alumno es alguien por sí mismo. Se puede así lograr que el alumno salga del anonimato de la masa, que se sienta directa y personalmente interpelado por lo que se dice, por lo que se enseña. Eso se traduce en la mirada, en el gesto, en la expresión del rostro, de mil maneras irreductibles a catálogo. Kierkegaard decía al respecto que el testigo de la verdad se tiene que dirigir a cada uno; si es posible a todos, pero a cada uno. Hay que ir por los campos, por las calles de las ciudades, por todas partes, dirigiéndose a cada uno. Habitualmente no debe dirigirse a la multitud. Y si ha de hacerlo, ha de ser para dispersarla como multitud; hoy diríamos con medios antidisturbios, pero de carácter moral, no físico: hay que evitar que el educando se sumerja en un anonimato que lo despersonaliza, lo cosifica, y le permite toda clase de tropelías, que a solas no se atrevería a perpetrar. Esto es también un claro hecho de experiencia. Y los que se dedican a usar a las masas para sus propios intentos, lo saben muy bien, y lo explotan. Eso es exactamente lo contrario de una conducta educativa ética”[2].

El lugar privilegiado para manifestar el cariño del que hablamos es la formación académica, que es la actividad más propia de un colegio y la razón formal por la que existen. A través del trabajo académico se puede dar una profunda formación moral. Como ya mencionábamos, no cabe contraponer “formación” a instrucción: la condición de una auténtica formación es una adecuada instrucción. Señalamos a continuación algunas condiciones para que el ambiente de un colegio sea formativo:
            a) Estándares de trabajo altos, por parte de los alumnos y por parte de los profesores. El trabajo bien hecho debe ser parte del ethos del colegio. Esto en la práctica se debiera traducir en que los profesores preparan cuidadosamente sus cursos y cada clase; cuidan los detalles que coronan un trabajo bien hecho: puntualidad, pulcritud, orden; están al día en sus materias; transmiten una actitud culta frente a la asignatura; hacen trabajar a los alumnos y les exigen razonablemente; corrigen lo que hay que corregir; mantienen un clima de trabajo en su clase. Un alumno que trabaja bien se caracteriza por cumplir puntualmente con los deberes y tareas; estar al día en las materias; procurar asistir a todas las clases; planificar bien su tiempo; estudiar a conciencia para las distintas evaluaciones; respetar el trabajo de los demás.
            b) El trabajo bien hecho es aquel que se hace con espíritu de servicio y no con fines egoístas. Particular atención debe ponerse a la competencia insana tan frecuente entre los alumnos y también entre los padres (respecto de sus hijos).
            c) El ambiente del colegio debe ser el de una extrema delicadeza en el trato. Hay que enseñar y exigir a los alumnos a comportarse con buena educación, cuidando los modales y tratando a todos con sencillez y confianza.
            d) La disciplina sólo tiene sentido en cuanto asegura los bienes anteriores. Si las normas que impone el colegio no están en directa relación con los principios ya mencionados y nacen por lo tanto de la arbitrariedad, es mejor que no existan.
            e) Atención personal a cada uno de los estamentos. Para que la acción del colegio sea eficaz requiere de un ambiente personalizador que sea fruto del esfuerzo de todos. Es responsabilidad de todos construir un ambiente de trabajo en el que prime el respeto por los demás, la amabilidad, el servicio (trabajo bien hecho), la alegría y el buen humor, la ayuda leal (también corrigiendo), la lealtad, el espíritu de colaboración (trabajo en equipo). Al mismo tiempo, se debe combatir la susceptibilidad, la injusticia, la flojera y la murmuración.



[1] Cardona, Carlos, Ética del quehacer educativo, Madrid, 1990, p. 38.
[2] Ibídem, p. 46-47.

viernes, 14 de junio de 2013

La clave es la confianza

En los últimos días, muchas veces me he planteado la siguiente cuestión: si hubiera que
definir en sólo una palabra el ambiente más propicio para educar a una persona, ¿cuál
escogería? Sin duda que este tipo de preguntas llevan en sí un reduccionismo que no es
sano. No se puede encerrar en algunas pocas letras un fenómeno tan complejo como la
educación. De todos modos, el ejercicio puede servir para dar alguna orientación
general a la labor educativa de padres y profesores.
¿Cuál es la palabra fundamental para educar? Me parece que es confianza. Confiar es en
primer lugar creer en la verdad de lo que la otra persona es, dice y hace. Quien confía
advierte la gran potencialidad que se encierra en el otro; quien confía ve lo que no es
obvio de ver, porque si se viera no sería confianza sino evidencia. Para educar se
requiere entonces esa capacidad de ver que es propia de la confianza. Por eso es muy
cierta la observación de Guitton, que ya he citado otras veces en este blog: “¿Qué soy
yo, pues, sino lo que creen de mí los que me aman?”.
Quien verdaderamente confía no tiene temor a exigir razonablemente. Precisamente
porque ve, es capaz de determinar qué es lo justo y prudente, y por eso saca lo mejor
que hay en el otro.
Confianza es creer en la verdad de lo que otro dice y hace. Y en primer lugar esto es una
exigencia para el educador. Por eso es tan importante la sinceridad: decir siempre y en
todo lugar la verdad. Tener un modo de hablar sencillo, lejano a toda afectación. Ser
discreto y cuidadoso al referirse a otras personas. Huir de la hipocresía. Luego es
fundamental fomentar la sinceridad de quien es educado. Cuidado con los castigos
desmedidos (la mentira es muchas veces un recurso que los niños ocupan para
defenderse de abusos de los adultos); con preguntas demasiado inquisitivas; con mostrar
que no se cree en lo que nos dicen. En educación hay un axioma que por desgracia se
verifica con frecuencia: padres puntillosos es igual a hijos mentirosos.
En un ambiente de confianza la persona está a sus anchas. Se siente segura y sabe que
los otros lo aprecian. Se mueve sin temor a equivocarse porque cuando se equivoca
encuentra comprensión y cariño exigente. Quien es depositario de la confianza siempre
procura responder a ella. Nos lo dice con claridad Leonardo Polo: "Cuando un ser
humano es valorado positivamente, se le hace un gran favor, porque él procura estar a la
altura de esa valoración. En cambio, cuando se le valora de modo mezquino, no hace
nada por superarse."
Lo que preserva la confianza es el esmero por ser sinceros, siempre y en todo lugar.
Sinceridad que debe ser entendida no solo como amor a la verdad, sino también como
disposición a superarse: es difícil confiar en quien reconoce sus errores pero no quiere
corregirlos.
Los padres deben promover la confianza en sus hogares. Esto implica que los hijos
sientan un ambiente de libertad, dentro de un marco de normas razonables –pocas- que
todos los miembros de la familia procuran cumplir. Supone a la vez la ausencia de una
vigilancia asfixiante, evitar la sobreprotección y ayudar de modo discreto y delicado en
las necesidades que ellos tengan, nunca reemplazando.
En los colegios la generación de un ambiente confianza es tarea principal de la
dirección. El modo que el director tenga de tratar a sus subordinados, dará la pauta en el resto de las relaciones del colegio. Entre otras cosas, la dirección debe ser de puertas
abiertas; todos deben saber con claridad lo que se espera de ellos y la retroalimentación
del trabajo debe ser frecuente. Hay que atender especialmente a las comunicaciones: los
mensajes deben ser claros y breves y buscando los medios para que lleguen a sus
destinatarios (hoy por hoy abundan). Hay que evitar el exceso de papeleo y privilegiar,
en la medida de lo posible, la comunicación cara a cara.
Definitivamente la confianza es la llave maestra de la educación; y lo es, porque el amor
sólo es posible donde abunda la confianza.

viernes, 5 de abril de 2013

Soledad en la familia

Las cifras del último censo de nuestro país arrojan una alarmante baja en la natalidad. Más allá de las consecuencias económicas, que son muchas y no favorables y que probablemente serán profusamente analizadas, me interesa centrarme en un aspecto que supongo será menos comentado. El hecho de que en Chile haya proporcionalmente menos niños significa, en la práctica, que una de las características de la mayoría de nuestras familias es que los hijos están cada día más solos.
Un simple cálculo permite objetivar un poco más el asunto. Con las cifras de natalidad entregadas, el tamaño de las familias no supera en promedio los cuatro miembros Si tenemos en cuenta a los hijos que nacen fuera del matrimonio, o los que tienen a sus padres separados, los grupos familiares son aún más pequeños. Todo lo anterior significa lo que ya sabemos: en sus casas los niños pasan la mayoría del tiempo solos o casi solos. Si los papás trabajan, que es lo más frecuente, es inevitable.
El peor enemigo de la educación es la soledad. Y no sólo de la educación, sino del hombre. Lo enseñaba con palabras fuertes Benedicto XVI: el infierno es estar solos. Verdaderamente es muy triste ver a un niño solo.
Quizá la descripción más dramática de lo que significa la soledad en la vida familiar –o mejor, en la falta de vida familiar- es la que refleja la célebre película del director sueco Ingmar Bergman, Sonata de Otoño. Una pianista exitosa (Ingrid Bergman) visita luego de muchos años a sus hijas, una de ellas casada (Liv Ullman) y la otra postrada en cama. El encuentro es durísimo para todas, pero lo que más impresiona son los diálogos madre-hija, en los que salen a relucir todas las heridas acumuladas durante los años de soledad infantil, en los que la mamá estaba más preocupada de su carrera profesional que de su familia. Con su estilo implacable, sin dar ningún respiro y llegando hasta los extremos, Bergman pone frente a nuestros ojos el desastre de los hijos que son abandonados por sus padres.
Es probable que en nuestros hogares no se dé la crudeza que se muestra en Sonata de Otoño. Pero tal vez no estamos tan lejos de esa pavorosa descripción. Cuando un niño llega a su casa y la única compañía es la televisión o el computador, eso es soledad. Cuando los padres no están dispuestos a sacrificar un poco –sólo un poco- su carrera profesional, incuban soledad. Cuando bajo pretexto de dar libertad se teme exigir, los hijos interpretan que hay falta de cariño y se sienten solos. Y la falta de compañía la van llenando con sucedáneos que no tardan en mostrar frutos amargos: drogas, amor sin compromiso, nihilismo en todas sus formas.
Cuando las familias son pequeñas no sólo sufren los niños, sino también los ancianos. La senectud es una etapa en la que claramente se necesita de los demás, y muchas veces requiere, por parte de los hijos, un gran sacrificio para cuidar de sus padres. Y esto sólo por un elemental sentido de justicia: no hacen más que devolver un poco de lo que recibieron. Cuando hay muchos hermanos, la carga se reparte y todos ganan. Cuando son pocos, uno o dos, los papás pueden transformarse en un pesado lastre y ya sabemos lo que ocurre: muchos quedan abandonados en una residencia especial. Definitivamente, la soledad engendra soledad.
La soledad es probablemente el fruto más amargo de nuestra cultura individualista y hedonista contemporánea. Con las cifras de natalidad que acabamos de conocer, parece realista decir que el futuro no se nos viene muy alentador. Es urgente incentivar que las familias sean más grandes y a la vez, que los padres dediquen más tiempo –cantidad y calidad- a estar con sus hijos.

sábado, 9 de marzo de 2013

¿Lavado de cerebro?

Recomiendo este reportaje hecho en Noruega sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Parece que por mucho que se trate de igualar a hombres y mujeres, las diferencias aparecen como mono porfiado.



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