En los últimos días, muchas veces me he planteado la siguiente cuestión: si hubiera que
definir en sólo una palabra el ambiente más propicio para educar a una persona, ¿cuál
escogería? Sin duda que este tipo de preguntas llevan en sí un reduccionismo que no es
sano. No se puede encerrar en algunas pocas letras un fenómeno tan complejo como la
educación. De todos modos, el ejercicio puede servir para dar alguna orientación
general a la labor educativa de padres y profesores.
¿Cuál es la palabra fundamental para educar? Me parece que es confianza. Confiar es en
primer lugar creer en la verdad de lo que la otra persona es, dice y hace. Quien confía
advierte la gran potencialidad que se encierra en el otro; quien confía ve lo que no es
obvio de ver, porque si se viera no sería confianza sino evidencia. Para educar se
requiere entonces esa capacidad de ver que es propia de la confianza. Por eso es muy
cierta la observación de Guitton, que ya he citado otras veces en este blog: “¿Qué soy
yo, pues, sino lo que creen de mí los que me aman?”.
Quien verdaderamente confía no tiene temor a exigir razonablemente. Precisamente
porque ve, es capaz de determinar qué es lo justo y prudente, y por eso saca lo mejor
que hay en el otro.
Confianza es creer en la verdad de lo que otro dice y hace. Y en primer lugar esto es una
exigencia para el educador. Por eso es tan importante la sinceridad: decir siempre y en
todo lugar la verdad. Tener un modo de hablar sencillo, lejano a toda afectación. Ser
discreto y cuidadoso al referirse a otras personas. Huir de la hipocresía. Luego es
fundamental fomentar la sinceridad de quien es educado. Cuidado con los castigos
desmedidos (la mentira es muchas veces un recurso que los niños ocupan para
defenderse de abusos de los adultos); con preguntas demasiado inquisitivas; con mostrar
que no se cree en lo que nos dicen. En educación hay un axioma que por desgracia se
verifica con frecuencia: padres puntillosos es igual a hijos mentirosos.
En un ambiente de confianza la persona está a sus anchas. Se siente segura y sabe que
los otros lo aprecian. Se mueve sin temor a equivocarse porque cuando se equivoca
encuentra comprensión y cariño exigente. Quien es depositario de la confianza siempre
procura responder a ella. Nos lo dice con claridad Leonardo Polo: "Cuando un ser
humano es valorado positivamente, se le hace un gran favor, porque él procura estar a la
altura de esa valoración. En cambio, cuando se le valora de modo mezquino, no hace
nada por superarse."
Lo que preserva la confianza es el esmero por ser sinceros, siempre y en todo lugar.
Sinceridad que debe ser entendida no solo como amor a la verdad, sino también como
disposición a superarse: es difícil confiar en quien reconoce sus errores pero no quiere
corregirlos.
Los padres deben promover la confianza en sus hogares. Esto implica que los hijos
sientan un ambiente de libertad, dentro de un marco de normas razonables –pocas- que
todos los miembros de la familia procuran cumplir. Supone a la vez la ausencia de una
vigilancia asfixiante, evitar la sobreprotección y ayudar de modo discreto y delicado en
las necesidades que ellos tengan, nunca reemplazando.
En los colegios la generación de un ambiente confianza es tarea principal de la
dirección. El modo que el director tenga de tratar a sus subordinados, dará la pauta en el resto de las relaciones del colegio. Entre otras cosas, la dirección debe ser de puertas
abiertas; todos deben saber con claridad lo que se espera de ellos y la retroalimentación
del trabajo debe ser frecuente. Hay que atender especialmente a las comunicaciones: los
mensajes deben ser claros y breves y buscando los medios para que lleguen a sus
destinatarios (hoy por hoy abundan). Hay que evitar el exceso de papeleo y privilegiar,
en la medida de lo posible, la comunicación cara a cara.
Definitivamente la confianza es la llave maestra de la educación; y lo es, porque el amor
sólo es posible donde abunda la confianza.