martes, 13 de noviembre de 2012

Hijos fuertes


Todos tenemos muy clara la imagen del niño consentido. Suele ser fofo y regordete. Sus palabras para sus padres son órdenes; si está un poco cansado se queja; es aprensivo de sus posibles achaques; la nana le lleva la mochila porque “pesa mucho”. Es fácil reconocerlos en el fútbol –le tienen susto a la pelota- y al subir cerros…se cansan rápido, necesitan luego tomar agua, se quedan rezagados pidiendo “por favor, paremos un poco”. Esta imagen representa lo opuesto a la reciedumbre, porque es recio el que no se queja ni del frío ni del calor, el que trabaja intensamente venciendo el cansancio, el que no se complica cuando se ensucia las manos, el que no hace tragedia si tiene que ducharse con agua fría.

Es fácil darse cuenta del valor de la reciedumbre para la vida humana y de su importancia en la educación. Es necesaria porque lo bueno cuesta y conseguirlo requiere esfuerzo. Es un dato de la causa que el hombre para llegar a su plenitud está sometido a “vientos contrarios”.

Educar la virtud de la fortaleza es ayudar a eliminar los temores irracionales, es formar a los niños y a los jóvenes en un sano temor y es enseñar a vencer el temor al sufrimiento. No es razonable eliminar todo tipo de miedos: hay miedos que protegen. Por lo demás, quien dice que eliminó todos sus temores, es incapaz de defenderse del miedo esencial que aparece bajo diferentes disfraces: la sobreprotección, un excesivo afán de seguridad, una preocupación obsesiva por la salud, los celos, la desconfianza y en último término y como expresión fundamental del miedo, la huida del silencio y de la quietud para evitar el enfrentamiento con las preguntas más punzantes de la vida humana: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Se observa muy a menudo el temor de muchos padres a que sus hijos sufran. Se apresuran a quitarles todos los obstáculos para que el niño sea feliz y se desarrolle armónicamente. Es verdaderamente paradójico: estos padres piensan que le están dando todo, y en realidad le están quitando todo, porque cuando una persona está sin fuerza ante las dificultades está en posición de perderlo todo. Un poco de aspereza es buena para educar: hace a los niños recios y se les dota de una gran fuerza espiritual, capaz de derribar los mayores obstáculos.

Otra característica esencial de la reciedumbre es la perseverancia. Insistir hasta conseguir el objetivo. Quizás todos tenemos experiencia de haber empezado muchas veces, pero no acabamos de ser fuertes en los propósitos. Tal vez la voluntad es débil, pero puede haber una causa más profunda. La fortaleza no se justifica por sí misma (no hay que ser fuertes porque hay que ser fuertes). Dice Pieper: “no es la dificultad lo que constituye a la virtud, sino únicamente el bien”. La fortaleza tiene que ser movida, y la mueve principalmente una vida con ideales grandes. Hay una mentalidad muy extendida hoy en día entre la gente joven: culturalmente hemos renunciado a lo heroico; el modelo no es el héroe sino el personaje de la farándula, o en el mejor de los casos el hombre que triunfa sin importar muchas veces el precio. El héroe verdadero muchas veces fracasa a los ojos del mundo -basta pensar en Arturo Prat o en los mártires- pero en el fondo triunfa. Es imposible que el hombre light sea fuerte: no tiene un para qué.

Es importante meter en los niños y en los jóvenes grandes ideales, porque de lo contrario sus vidas se quedarán en la mediocridad. En el origen de tantas vidas frustradas y desencantadas se encuentra la ausencia de un gran ideal, de un objetivo en la vida que esté más allá de lo inmediato. Se hace preciso formar a los niños con un fuerte sentido vocacional.

Los padres siempre deben empujar hacia arriba y exigir que los hijos den lo que tienen que dar. Enseñar a ser fuertes es tirar para arriba, alentar, estimular: “Puedes hacerlo…”, “Si te lo propones lo lograrás…”, “Es cosa de que perseveres…”. Después de todo, como dice Jean Guitton, “el secreto de la educación es imaginar a cada ser un poco mejor de lo que es en realidad. ¿Qué soy yo, pues, sino lo que creen de mí los que me aman?”.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Reconocer los límites


El principio de toda auténtica sabiduría es aceptar lo que soy: un ser con límites y que está en el mundo de una determinada manera. Reconocer que no soy el infinito y que mi libertad es una libertad enraizada, y precisamente estas raíces hacen que yo sea éste y no otro. Llamamos raíces a todo el conjunto de propiedades que yo tengo y que no he elegido: ser hombre y no mujer (o viceversa), haber nacido, haber nacido de tales padres, tener tal temperamento, ser más o menos inteligente, estar en este y no en otro colegio, haber nacido en este país, tener tales hermanos (o no tenerlos), ser alto o bajo, bien o mal parecido, etc. Ante este conjunto de características que me han sido dadas y que me hacen ser el que soy y no otro, tengo dos caminos. Un camino es el de la rebeldía; el otro, el de la aceptación.

Quien escoge el camino de la rebeldía, lo hace porque no quiere lo que le ha sido dado, ya sea por orgullo, resentimiento, inseguridad. En la raíz de toda rebeldía contra sí mismo está el orgullo. El camino de la rebeldía conduce a la angustia que surge de la tensión entre la imposibilidad de ser otro –siempre seguiré siendo yo- y la experiencia cotidiana y permanente de los límites. Thibon explica con maestría la situación de quien no quiere desesperadamente ser él mismo: “Existe una contradicción interna del egoísmo y del orgullo cuando el hombre quiere y rechaza a la vez sus límites. Desea disponer del infinito sin salirse de sí mismo. Es ésta una exigencia irracional, porque nuestros límites son insalvables, y los convertimos en algo más estrecho y angustioso cuanto más intentamos hacerlos retroceder. Como un animal encadenado que constriñe cada vez más el cerco mortal a medida que intenta en vano librarse de él”.

El camino de la aceptación requiere de la renuncia a la soberbia, de fidelidad a lo real, de “la limpieza y decisión de ser uno mismo (…) He de querer ser el que soy: querer ser yo realmente y sólo yo. Debo ponerme en mi yo, tal como es, asumiendo la tarea que con eso me está propuesta en el mundo (…) No puedo evadirme de lo malo que hay en mí: malas disposiciones, costumbres consolidadas, culpas acumuladas. Debo aceptarlo y hacer frente a ello: así soy…, esto he hecho…No con rebeldía; eso no es aceptación: es endurecimiento. Sino en verdad, porque sólo ella lleva más allá del mal: soy así, pero quiero llegar a ser de otro modo” (Romano Guardini). Este planteamiento nos lleva entonces a alejarnos de cualquier objetivo iluso; de reconocer sin ambages cuál es el punto de partida y sobre todo, a fundar el edificio del propio yo, sobre la tierra firme del propio conocimiento y de la propia aceptación.

La exigencia de aceptación afecta no sólo a quien es educado. En primer lugar es una demanda para quien educa, especialmente para los padres. El punto de partida de los buenos padres es conocer con objetividad al hijo. No hablamos de una objetividad fría y matemática, pues con tal tipo de conocimiento es imposible “conocer” a las personas. Sólo podemos acercarnos al misterio de cada persona por la vía del amor. El amor nos hace clarividentes y nos permite descubrir la enorme potencialidad que muchas veces se esconde detrás de tantas máscaras, y a la vez, permite ver los obstáculos que amenazan la plenitud personal. Un amor que no vea simultáneamente la grandeza y la miseria de una persona, todavía no es un amor maduro.

Fidelidad a lo real se exige a los padres y en general, a los educadores. Y como hemos visto, este afán de fidelidad, han de transmitirlo a quien es educado. Han de enseñar a todo niño o alumno a estar de acuerdo con el ser que es; a estar de acuerdo con tener las propiedades que tiene; a estar de acuerdo con estar en los límites que le han trazado. El camino que conduce a conocerse y a aceptarse es el de la sinceridad, virtud indispensable para la formación de la personalidad.

No debe confundirse la aceptación de sí mismo con la mediocridad ni con la inamovilidad. La aceptación es algo dinámico, que está abierto a los demás y al futuro. Quien se acepta reconoce las buenas cualidades que tiene y advierte las posibilidades que se le abren. Sin una perspectiva de lo que se puede llegar a ser no hay verdadera aceptación porque no hay verdadero conocimiento. Sólo desde el hombre acabado es posible saber quién es el hombre en camino. Junto con las buenas cualidades se deben reconocer también las deficiencias, ya sea las estructurales –aquéllas que están más allá del alcance de mi libertad- y las adquiridas. Ya vimos que la actitud ante ambas no puede ser la de la rebeldía, sino la aceptación y para las adquiridas también, el arrepentimiento, es decir, comprender que realmente he hecho esto o lo otro, entender que me daña y poner los medios para rehabilitarme y desandar lo andado. En este punto conectamos de nuevo con la sinceridad, puesto que el arrepentimiento sólo es posible desde la sinceridad. Y desde el momento en que nos abrimos a la verdad sobre nosotros mismos empieza el camino de la transformación, porque como enseña Thibon, “nuestra auténtica bajeza vegeta y termina por morir de inanición si la mentira ya no está allí para alimentarla”.

Una última idea sobre este tema. Reconocer los límites lleva inevitablemente a admitir que necesitamos de los demás. Sólo a través de los demás supero mis propios límites; en la medida que me abro a los otros supero mi indigencia y pongo en acto mi grandeza. Me abro para recibir y para dar: “el secreto de la liberación no consiste en desplazar la frontera, sino en hacerla franqueable” (Thibon).

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El sentido del compromiso


Muchos hoy en día son reacios a hacer promesas que les puedan limitar en el futuro, lo que se manifiesta en las cosas más prosaicas –comprometer la asistencia a una reunión social- y también en las más importantes, como es la incapacidad de tantos de contraer matrimonio y formar una familia. Las causas pueden ser múltiples, pero interesa ahora apuntar dos: el hedonismo y una concepción de la libertad como ausencia de vínculos. El hedonismo impide hacer compromisos porque instala en la mentalidad de la gente que lo importante es maximizar el placer y evitar el sufrimiento, tener una vida cómoda; y como el hombre es incapaz de desvelar el futuro, lo más “sensato” será tener disponibilidad para aprovechar las circunstancias futuras desconocidas que eventualmente me hagan tener mejor “calidad de vida”. Cuando se concibe la libertad como ausencia de vínculos también se afectaría la capacidad de hacer compromisos, que no significarían otra cosa que cadenas y restricciones a lo más propiamente humano: ser libre. Esta última forma de argumentar tiene algunos defectos que intentaremos esclarecer porque son particularmente importantes si se quiere poner fundamentos sólidos en la educación de los hijos.

La capacidad de hacer promesas es consecuencia de nuestra libertad. Sólo porque soy libre puedo comprometerme e hipotecar el futuro. A primera vista parece que un compromiso estrecha las posibilidades futuras de la libertad: si me caso con esta mujer no podré salir con aquélla; si me comprometo en este negocio, no podré hacer tal otro; si tomo estas clases no estaré disponible para aquel panorama. La verdad es que ocurre precisamente lo contrario. Quien hace compromisos amplia los ámbitos de su libertad. Veámoslo con uno de los ejemplos propuestos.

Cuando un hombre se casa con una determinada mujer no debe salir con otras. Pero estrictamente hablando, sí puede: la posibilidad de salir o intimar con otras sigue estando; otra cosa es que mi conciencia me lo advierta o los demás lo censuren. Podemos ver que desde el momento en que hay un compromiso, a la libertad se le modifican las opciones y por lo tanto accede a nuevas posibilidades. En nuestro caso, se abre la posibilidad de ser fiel. “Materialmente” hablando las opciones siguen siendo las mismas: salir con esta mujer (mi señora) o con esa (la secretaria) o con la de más allá. La diferencia es que la promesa afecta las consecuencias de tomar una u otra opción; les da una tonalidad moral distinta. En general, para cada persona los pesos de las opciones son propios: si yo estoy casado no debo salir con la señorita A; para el soltero esa opción será distinta desde el punto de vista moral: no hay ningún inconveniente en que salga con la señorita A. Hacer compromiso entonces va dando una tonalidad muy personal a la vida; las opciones que se me presentan, son mis opciones. Los vínculos que yo tome van abriendo nuevas posibilidades y la libertad se va determinando, me va “haciendo” este y no otro. Con lo que decimos, no resulta extraño que en las sociedades alérgicas a comprometerse haya un fuerte proceso de despersonalización, uniformización y vulgarización: si nadie toma decisiones que afectan el ejercicio de la libertad, las opciones son las mismas para todos; y si se hacen decisiones son por bagatelas, lo cual hace inevitable esta vulgarización. Examinemos con más detención este último punto.

Si se instala una mentalidad que rechaza el compromiso y que se deja paralizar por el miedo al futuro, el campo de ejercicio de la libertad se reduce necesariamente a la elección de cosas más o menos triviales: si salgo o no este fin de semana, dónde tomar vacaciones, qué película ver; en el mejor de los casos, qué trabajo hacer o qué “pareja” escoger (al menos por un tiempo, pero siempre con un dejo de provisionalidad). Si la realidad no nos ofrece alternativas más profundas para el ejercicio de la libertad, es inevitable que para muchos la libertad termine – como señala Leonardo Polo- siendo un fardo, pues “tenemos más libertad que ocasiones de ejercerla” y un “conjunto de nimiedades no justifica ser radicalmente libre (a lo sumo merece una pequeña libertad)” y la incapacidad de comprometer la libertad en asuntos que exigen ejercerla entera, hacen que la libertad profunda quede entonces abierta a la nada.

En el hombre hay facultades que sólo maduran en el ámbito del “para siempre”. Quien no se anima a comprometer su libertad en el largo plazo, termina jibarizando su libertad y se le hace imposible adquirir la madurez. Se transforma en un eterno adolescente.

El desafío entonces es instalar en la vida familiar y escolar un clima en el que se tenga una alta valoración del compromiso y en el que se exija el cumplimiento de la palabra dada. Sólo así los hijos y los alumnos podrán ser siempre radicalmente libres y podrán experimentar los atractivos frutos de la fidelidad.


jueves, 23 de agosto de 2012

El difìcil manejo de curso (publicado en www.grupoeducar.cl el 8/08/2012)


Alain, el célebre filósofo de la educación del siglo pasado, explica en su obra “Pedagogía infantil”, al hablar sobre la disciplina, que “el maestro no debe contar que se respetará su función, ni tampoco a su persona”. Lo califica como un grave error del que es preciso cuidarse. Explica que este olvido de la compostura en el que incurren a veces hasta los alumnos más educados, se debe a que la relación profesor-alumno es tan peculiar que obedece a unas leyes propias que no se encuentran en el resto de las relaciones sociales. Por este motivo, concluye Alain, dentro del aula “es preciso establecer unos modales especiales y sin paragón”.

Quienes hemos hecho clases en un colegio sabemos que mirada de cerca, la tesis de Alain es cierta. En el manejo de la disciplina es necesario conocer una serie de leyes especiales sobre las relaciones profesor-alumno cuya validez sólo se verifica en el interior de la sala de clases. En las circunstancias actuales de nuestro país, cuando la calidad de la educación casi ha copado el debate público, es fundamental aquilatar las mejores prácticas pedagógicas. En las líneas que siguen, intentaré exponer algunos principios que entiendo como eficaces para mantener en las salas de clases un ambiente que ayude al aprendizaje.

El mismo Alain nos da la primera pista. El profesor no debe contar con que los alumnos lo vayan a respetar por el hecho de ser profesor. No hay duda de que sería el ideal pero sabemos que no es así y no sirve de nada lamentarse. Ampararse en el principio de autoridad –“debe haber silencio porque el profesor lo dice”- no resulta, quizá porque es demasiado abstracto. Los directores de colegio lo tienen bien experimentado: bastan unas pocas horas frente a un curso para que los alumnos olviden que es el director. Tampoco tiene sentido al hacer una clase, intentar que me respeten por el hecho de ser “persona” y mostrarse ofendido si no ponen atención o si conversando interrumpen la explicación. Es muy probable que el alumno no pretenda en absoluto ofender a nadie.

Un segundo principio que parece fundamental es entender que la sala de clases es el lugar de trabajo para el profesor y para los alumnos. Esto significa en primer lugar un desafío para el profesor: debe preparar con detalle cada lección; debe hacerse evidente que no hay ningún espacio a la improvisación y que todo está cuidadosamente planificado; que tiene el control de cada segundo que pasa; y que los estándares de trabajo son muy altos. Parece un detalle menor, pero el inicio de la clase debe estar muy bien marcado, y por eso es tan necesaria la puntualidad. Me atrevo a decir que un profesor puntual, extremadamente puntual, tiene un gran porcentaje ganado. Luego es preciso pasar la lista y no admitir los atrasos. Una condición esencial de un trabajo bien hecho es que no haya retrasos.

Contribuya al ambiente de orden y de laboriosidad, un detalle pequeño pero que no hay que mirar en menos. La participación de los alumnos en la clase no debe prestarse a confusiones. Que se hagan preguntas es muy bueno y señal de que se despierta el interés Pero si las preguntas se hacen espontáneamente, a tontas y a locas, cuando al alumno se le ocurren y sin pedir la palabra, pueden empezar los problemas. De aquí se deriva una práctica sencilla cuya instauración requiere constancia y que es bueno que sea parte de la cultura de un colegio: que siempre para hablar el alumno pida la palabra. Diría que es casi una llave mágica. Nadie dice nada si no se le da la palabra, como debe ser entre personas educadas.

La sala de clases no es el lugar para resolver carencias afectivas. Por eso, el buen profesor, aquel que maneja el curso, no pretende el cariño de sus alumnos, ni la admiración, ni la amistad. Sólo debe buscar que el alumno aprenda, trabaje y se forme. Frente a un curso, mejor pasar por serio que tratar de ganarse a la gente haciéndose el simpático. Naturalmente es perfectamente posible la seriedad en el trabajo con la amabilidad (no sólo posible, sino también necesaria), pero una tiene prioridad sobre la otra. Algunos profesores más inexpertos quizá se dicen: “si me los gano por el corazón…”; sin embargo, es este un camino excelente para perder la autoridad. La seriedad debe ir unida a la serenidad, incluso cuando un alumno pone a prueba la paciencia. Evitar a toda costa irritarse. Tomar las cosas con calma, sin precipitarse. La condición para lograr el dominio del grupo es lograr primero el dominio de sí.

Un último principio fundamental para que haya un manejo disciplinario eficaz: los castigos no se levantan. Se puede discutir sobre la necesidad o no de poner castigos; se pueden contrastar opiniones sobre los tipos de castigos que conviene aplicar. Pero lo que parece quedar fuera de toda duda es que cuando se impone un castigo, si se levanta, influye negativamente en el ambiente de la clase y del colegio. Como es un tema delicado, hay que pensar muy bien los castigos que se dan; su duración; la relación entre la falta y el castigo; el modo de velar por su cumplimiento; etc.

Cuentan que los manuscritos de las poesías de Gabriela Mistral estaban llenos de borrones y correcciones. Cada verso no era solamente el fruto de una inspiración arrebatadora sino que también el resultado de muchas horas de trabajo que se hacía y rehacía. Hay personas que parecen llevar en la sangre las “leyes” que regulan las relaciones entre profesores y alumnos al interior del aula. Hay algo innato en esos profesores que impone respeto, despierta admiración y llama al trabajo Una especie de talento artístico, como el de nuestra poetisa. Pero como en todo arte, que después de todo, eso es la pedagogía, se precisa una dosis de inspiración, pero mucho más importante es la “transpiración”.


jueves, 26 de julio de 2012

Ni un peso de más, ni un peso de menos


Hace poco un buen amigo me contaba que cuando estaba en 5° básico fue nombrado tesorero de su curso. Orgulloso llegó a su casa y se lo contó a su mamá, la que se limitó a decirle con cariño: “Ten en cuenta que la plata que manejas no es tuya y que debes responder hasta del último peso que recibas. No puede haber ni más ni menos plata porque será signo de desorden. Y si alguna vez falta, tendrás que reponerlo con tu mesada”. Añadió que probablemente esa fue una de las lecciones más importantes de su vida sobre justicia y responsabilidad y que lo había marcado profundamente, sobre todo después que una vez la caja no cuadró y no tuvo más remedio que echar mano de sus ahorros, a esa alturas de la vida más bien escasos.

Recuerdo que en las dos columnas anteriores habíamos profundizado en la prudencia, en el ámbito de la educación familiar. Ahora es el turno de la justicia, virtud fundamental para que la persona construya adecuadamente sus relaciones humanas. El ámbito de la justicia es amplio. Abarca las relaciones familiares –con los padres y hermanos, con los abuelos, con los primos, etc.-, las relaciones sociales –con la autoridad, con los otros ciudadanos, con aquéllos que nos prestan algún servicio-, las relaciones estrictamente laborales, la relaciones de amistad y en general, regula los actos de la persona a través de los cuales se vincula con otros.

El primer lugar de aprendizaje de la justicia es el hogar. La vida familiar ofrece ocasiones constantes para ejercitar esta virtud. En cada familia debe existir un modo de organizarse, de tratarse, de contribuir al bien de la familia. Según James Stenson, este modo puede concebirse como un conjunto de reglas y estándares de conducta que todos los integrantes de la familia se esfuerzan por vivir y que no es necesario escribirlas, pero si se analiza una familia que “funciona” (ciertamente hay familias que no funcionan) es posible definirlas. Luego, como padres e hijos se esmeran por ponerlas en práctica, siempre su enunciado se redacta en la primera persona del plural. Veamos un ejemplo de lo que decimos (algunos tomados del mismo Stenson):
           
            1. En nuestra familia respetamos los derechos y los sentimientos de los demás. Por eso: no usamos un lenguaje soez, pedimos las cosas por favor, damos las gracias, pedimos disculpas, no interrumpimos cuando otro habla, no contestamos cuando nos corrigen, no hacemos promesas con liviandad, somos fieles a nuestras citas y compromisos, no peleamos en la mesa, saludamos a los adultos con cortesía, atendemos bien a las visitas, aceptamos las disculpas, etc.
            2. Todos contribuimos a hacer de nuestro hogar un lugar acogedor y civilizado. Por eso: entramos a la casa con los zapatos limpios, no cerramos con portazos, no gritamos, hacemos nuestras camas en la mañana, cuando sacamos algo de un lugar luego lo devolvemos al mismo sitio, tenemos diversos encargos (cortar el pasto, poner los platos, cerrar las cortinas, etc.).
            3. Le damos a las personas la información que necesitan para llevar a cabo sus responsabilidades. Por eso: cuando salimos siempre informamos dónde iremos, con quién y a qué hora volveremos; si nos atrasamos, avisamos; pedimos permiso con anticipación para las actividades que sea necesario pedirlo; volvemos a una hora razonable de las actividades nocturnas; tomamos bien los recados; etc.
            4. Usamos los medios de comunicación para promover la vida familiar y el bienestar de todos; no permitimos que los medios vayan en contra de la familia y su bienestar. Por eso: no permitimos que a través de las pantallas (TV, Internet, videojuegos, etc.) entre a nuestra casa nada que atente contra nuestros principios o que trate a las personas como meros objetos (pornografía, vulgaridad, violencia sádica); no vemos televisión durante las comidas; no se ve televisión en la noche cuando hay que trabajar al día siguiente; una pantalla nunca reemplaza un rato de conversación familiar o alguna actividad conjunta; etc.

Me parece importante insistir que no sería razonable que en el ámbito de una familia se recurra a normas escritas. Asfixiaría lo más propio de la vida familiar: la naturalidad, la sencillez, el “sentirse en mi casa”. Lo que se ha presentado no es más que un ejercicio teórico. Lo que sí es fundamental es que la vida familiar se rija por algunos principios sensatos. Si analizamos de cerca las orientaciones generales propuestas nos damos cuenta que están planteadas de modo positivo, aunque supongan algunas restricciones (decir sí a algo siempre implica un no a otra cosa). Esto tiene una consecuencia clara: cada vez que en la casa se imponga una restricción se debe tener muy claro el por qué, explicado en términos positivos. Si no es posible llegar a un por qué razonable, es mejor que esa norma no exista. Por eso antes de “mandar o prohibir” hay que pensar muy bien los motivos por los cuales se manda o prohíbe.



miércoles, 27 de junio de 2012

Hijos sensatos II


En la columna anterior intentábamos profundizar en algunos principios generales para conducir a los hijos a la meta de ser personas criteriosas. Si queremos que el “buen sentido” arraigue firmemente en una persona es preciso llegar a la inteligencia, si no se corre el peligro de que los hijos queden a merced de la propaganda. Para lograr lo anterior, a continuación señalo algunos consejos tomados de la experiencia:

            a) Un modo eficaz de ir formando el criterio de los hijos es ir razonando con ellos -siempre de acuerdo a la edad en que se encuentren- el porqué de determinadas decisiones y patrones de acción. Las cosas no son porque sí. No importa que en el momento no entiendan lo que se les explica: esas lecciones quedan en la memoria y ya llegará el momento en que se activen y las hagan propias.
            b) Cuidar las conversaciones en la vida familiar. Los temas que predominan en la familia deben ser reflejo de los principios que mencionábamos en la columna anterior. Si se siempre se habla de frivolidades, no debe extrañar que los niños tomen sus decisiones motivados por frivolidades: es lo que hay en su cabeza. Es importante oír a los niños, hacerles preguntas, hacerlos reflexionar: ¿por qué hiciste esto?, ¿pensaste antes de actuar?, ¿no te diste cuenta que eso molestaba a los demás?
            c) Los padres deben cuidar sus propias lecturas y deben dar ejemplo al escoger los libros y las revistas que leen. Si la mamá y el papá son fanáticos de las revistas de farándula, en las que se ventilan las intimidades de no se sabe qué personaje, sin ningún pudor, es difícil ser consistente en la formación del principio del respeto por los demás. Algo similar se puede decir de los programas de televisión, de las películas, de los amigos, de los héroes, de la formar de vestir, de los modales.
            d) Hay que tener la televisión bajo control. Las buenas “ideas” pueden ser barridas por malos programas de televisión o por un uso indiscriminado de ella.
            e) Transmitir gusto por la cultura. Hay que procurar que los hijos entiendan el mundo que los circunda, y esto no es posible sin una esmerada formación en las humanidades. La buena literatura, la historia y las biografías nos enseñan sobre las personas y sobre la grandeza y la miseria de los hombres.

Una persona prudente es una persona que sabe leer la realidad sin errores: donde hay bien descubre bien y donde mal, mal. Esta capacidad de acertar en el juicio moral no es una tendencia innata sino que se debe formar. Siguiendo a James Stenson en su práctico ensayo “Lifeline: The Religious Upbringing of Your Children”, hay que atender a dos objetivos que ayudan a agudizar el juicio: enseñar a hacer distinciones y aprender de los errores.

Stenson dice que una manera de entender la virtud de la prudencia es verla como la capacidad adquirida de hacer distinciones. Desde este punto de vista, la labor de los padres se puede resumir entonces como el esfuerzo por llevar a los hijos desde su natural liviandad para pensar y para juzgar los asuntos sentimentalmente y de modo egoísta, a tener un juicio que sepa distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de los falso. En otras palabras, los padres deben enseñar a sus hijos a discernir. Esta tarea es difícil, sobre todo en una ambiente social en el que predomina el relativismo moral, en el que se divinizan las opiniones personales y se exalta la coherencia con los propios sentimientos. Nuestro autor señala que los padres necesitan trabajar duro para construir en los hijos esta capacidad de discernir. Señalamos a modo de ejemplo las distinciones que los hijos deben ser capaces de hacer:

·         héroe real - celebridades y personajes del espectáculo
·         derechos - intereses personales
·         amigo verdadero - conocido o cómplice
·         audacia - impulsividad
·         cortesía - vulgaridad
·         amor ordenado a uno mismo - orgullo y arrogancia
·         asertividad - agresividad
·         sano espíritu competitivo - exitismo
·         opiniones fundadas - sentimientos e impresiones
·         ley de Dios - leyes humanas
·         servicio público auténtico - servicio a la ideología
·         profesionalismo - trabajo amateur
·         amor por el pecador - odio al pecado
·         etc.

En cada familia se puede hacer crecer esta lista. Lo importante es que los hijos comprendan estas y otras antinomias y manejen también el vocabulario preciso que las describe.

jueves, 7 de junio de 2012

Hijos sensatos I


Para un barco sin puerto al que llegar, cualquier viento es bueno. O más bien no le sirve ninguno, porque el mismo navegar pierde el sentido. En la educación de los hijos es fundamental transmitirles instrumentos de orientación claros –mapas y brújula- que los sitúen en la vida. Se trata de hacerlos personas de criterio, prudentes, sensatos.

Una primera manifestación de la prudencia de los padres será contar con un proyecto de vida familiar bien definido. Este proyecto debe tener muy claro: el punto de partida, dónde se quiere llegar y los medios para lograrlo. Estos tres aspectos afectan a los padres como tales, al matrimonio y a cada hijo.

El punto de partida de toda labor educativa es la persona de cada papá y de cada mamá. Cada uno de ellos debe preocuparse de sí mismo, no con una preocupación egoísta sino orientada a la entrega. Un buen papá o una buena mamá es ante todo una buena persona: no es posible ser buen papá sin ser -o al menos sin intentar ser- buena persona. Un padre prudente sabe entonces que él debe empeñarse por vivir lo que quiere formar. Con esta afirmación nadie puede sentirse desalentado, porque en el caso de carecer de alguna virtud, el hecho de manifestar empeño por adquirirla ya es un excelente punto de partida para educar.

Junto al cuidado de cada uno de los padres, es importante el cuidado del matrimonio. El matrimonio es el fundamento de la vida familiar y requiere el primer lugar de la atención de los cónyuges. El ejemplo de papás que se quieren y que se esfuerzan por quererse mejor, vale más que todas las atenciones directas al hijo.

Un buen padre sabe también dónde quiere llegar. En asuntos de educación no es posible improvisar, sobre todo en los tiempos que corren, en los cuales es poco lo que se puede esperar del contexto social. Hasta hace algunas décadas, los padres educaban más o menos bien a sus hijos a pesar de que no tenían una idea clara del punto de llegada. Sin embargo, como se trataba de una sociedad cristiana, existía un ethos que facilitaba enormemente la labor de los padres, pues implícitamente imprimía una dirección al esfuerzo educativo. Hoy en día no es así. Para educar bien se requiere una gran claridad de mente para saber conducir a los hijos a objetivos bien trazados. De lo contrario, se va a la deriva, sin criterios para discernir lo conveniente de lo inconveniente.

Unos padres prudentes buscarán que sus hijos vivan virtuosamente, y si son cristianos, cristianamente: que sean héroes o santos. Cualquier meta más baja significa no reconocer la dignidad del hijo y el esfuerzo educativo nace con un defecto de origen que continuamente se manifestará.

Junto con definir el punto de llegada -la excelencia humana- es preciso definir los medios. ¿Cómo formar en la práctica, en la vida del día a día, estas cualidades propias de una vida de excelencia?

Como ya se ha indicado, el primer inductor de la prudencia o buen criterio, será el ejemplo de los padres. Si ser prudente es tomar las decisiones adecuadas, las decisiones de los padres irán decantando en una serie de principios que van rigiendo la vida familiar. Estos principios pasan a los hijos sólo si en primer lugar son algo práctico en el día a día. El discurso, la racionalización, si bien necesarios, se enraízan si van respaldados por la vida. Es importante tener claro cuáles son estos principios y cuál es su precedencia. Sin ser exhaustivos nos parece que la vida familiar se debe estructurar sobre los siguientes fundamentos:

            a) Dios es el origen, centro y fin de la vida. Los deberes religiosos son los primeros que se deben cumplir. En la práctica esto influye en muchas decisiones de la vida familiar: apertura a la vida, práctica sacramental, vida de oración, un plan se hace si permite cumplir un deber religioso, el modo de vestir en determinadas circunstancias, modo de enfrentar el dolor y la muerte, si se vive o no con una excesivo afán de seguridad, etc.
            b) A las personas siempre se les trata con respeto. Nunca es legítimo pasar a llevar su dignidad. Este es el antídoto contra el materialismo, que en su esencia no es otra cosa que tratar a las personas como cosas. La manifestación de este principio en la vida familiar puede ser amplia. Ponemos algunos ejemplos: modo de tratarse marido y mujer; si se grita o no en la casa; si se permite juzgar a las personas por su apariencia; fomentar la gratitud con las personas que trabajan en los distintos servicios (aseos, comidas, lavandería, etc.).
            c) Después de Dios, la familia debe ocupar la primera prioridad. No existe auténtica felicidad al margen de la familia. Por eso todos cuidan de contribuir al desarrollo de la familia, cada uno desde el lugar que le corresponde. Los padres como padres, los hijos como hijos. En una familia todos deben dar y recibir; un signo de que la educación está andando mal es el hecho de que algunos sólo reciben pero no dan; hasta el niño más pequeño puede “dar” algo: dejar sus juguetes ordenados, no entrar a la casa con los pies embarrados, etc. Especial atención merece el trabajo de los padres: nunca puede pasar a llevar sistemáticamente la dedicación a la familia; es preciso combatir el trabajolismo y el síndrome del padre ausente.
            d) El trabajo es un medio de perfeccionamiento personal. No se puede mostrar desagrado ante el hecho de tener que trabajar. El trabajo es un bien necesario, no una condena. Los padres son los primeros responsables de enseñar a trabajar a sus hijos y deben velar por la calidad de su trabajo escolar. Es importante destacar que lo que interesa no es el éxito en el trabajo ni ganar dinero ni el lucimiento personal; lo valioso es trabajar bien, con afán de servicio.
            e) No se transa con la verdad. El fin de la vida es conocer y amar lo verdadero y lo bueno. La vida familiar debe por lo tanto tener esta nota: es un lugar donde se vive con transparencia, sencillez y sinceridad. Esta última virtud es clave para la formación del niño y son muchos los modos como se puede inculcar: ocupar habitualmente un lenguaje llano y exigirlo así a los niños; tener una política moderada de premios y castigos; darles a los hijos una gran confianza…
            f) La felicidad se encuentra en la entrega. Aquí se abre un gran capítulo para los padres: deben llevar progresivamente a sus hijos a que vayan dándose con generosidad. Les enseñarán a ser buenos amigos, a servir a los compañeros de curso, a preocuparse de sus hermanos, a acompañar a los abuelos, etc. En este punto no se debe temor de exigir.
            g) Tenemos responsabilidad frente al bien común. La familia se integra en una comunidad más grande  y se debe a ella. El destino del conjunto de las otras familias con las cuales convivo -la patria- no nos es indiferente. Hay que enseñar a los hijos a ser buenos ciudadanos. Un medio privilegiado es el fomento de las actividades de servicio social y la sana preocupación por la cosa pública.

jueves, 31 de mayo de 2012

No basta con el ranking de notas


El rector de la Universidad Católica de Santiago, Ignacio Sánchez, anunció que posiblemente en el próximo proceso de admisión considerarían el ranking de los alumnos dentro de sus colegios, tomando en cuenta el promedio de notas. Hay estudios que respaldan este criterio como buen predictor del futuro rendimiento de los seleccionados. Me parece una buena noticia, pero insuficiente.

Es una buena noticia porque aparentemente tiende a ajustar un factor de inequidad. Los buenos alumnos de malos colegios están objetivamente en peores condiciones para postular que los buenos alumnos de colegios mejores. Es obvio, pero es importante recordarlo y corregirlo. Todavía recuerdo el caso de ese estudiante de un liceo, con excelentes notas –promedio cercano al siete- que da la prueba y saca 450 puntos. La familia entera había puesto todas las esperanzas en él; habían hecho sacrificios económicos para que pudiera terminar el colegio y… ¿en qué termina? Con una tremenda frustración. Con la medida anunciada por el rector Sánchez, que ojalá refrende el Cruch, se corrige en algo el problema que enfrentan alumnos responsables que no estudian en un buen colegio y que no quedan en las carreras de su preferencia y que con un poco de estimulación –por ejemplo, la que reciben en una universidad de calidad- se nivelan en semanas y luego superan a sus compañeros.

El anuncio del rector lo estimo sin embargo insuficiente, porque es preciso mirar con más detención el modo como se ponderan las notas de Enseñanza Media. Actualmente se aplica una escala estándar única según el tipo de educación. Pero todos sabemos que no todos los colegios exigen lo mismo y que no todas las notas valen lo mismo. Un siete en un el colegio A no vale lo mismo que un siete en el colegio B. De acuerdo a esta escala, muchos colegios con buenos rendimientos en la PSU suelen ser castigados y casi todos los con  malos rendimientos se benefician. Es una ley pareja injusta. Además produce un efecto secundario indeseado: cada vez es mayor la presión por subir los promedios de notas, bajo el argumento de que “las notas cuentan para la universidad”. Con esto los buenos profesores, que no suelen regalar las notas, se ven enfrentados a una permanente tensión: exigir a sus alumnos seriamente (lo cual a veces implica poner malas notas) y no “perjudicarlos” cara a su ingreso a la universidad.

Estimo que el sistema se podría corregir si, junto con tomar en cuenta las posiciones relativas de los alumnos dentro de su colegio, las escalas para ponderar las notas de Enseñanza Media no fueran únicas, sino dependieran del colegio del que egresa el alumno. Así las escalas deberían estar construidas teniendo en cuenta el resultado de ese colegio en un período razonable de tiempo. De esta manera se lograría un ajuste entre los promedios de notas y los resultados en la PSU. Además quitaría “presión inflacionaria” sobre los promedios; los colegios tendrían más libertad para fijar los estándares de evaluación; y quién sabe si volveríamos a los tiempos –quizá no del todo deseables- en que el 7 era para Dios, el 6 para el profesor y el 5 para los buenos alumnos.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Padres adolescentes


“La adolescencia es la etapa de la vida en que los padres se ponen insoportables”. Así comenzó el charlista su conferencia sobre los desafíos de la educación de adolescentes, generando más de una risa en su audiencia. Lo que parecía una broma para distender el ambiente, encierra una sabiduría profunda.

La adolescencia de los hijos coincide a veces con la llamada crisis de los 40 de los papás. Suelen pasar por ella aquellas personas que siempre han esperado la felicidad en lo que está por venir. La felicidad –piensan- no depende tanto de una actitud interior frente a la realidad –la que sea- sino de que en torno a mí se den cita las circunstancias más favorables. Quien no está contento en la época escolar pone su confianza en la futura vida universitaria: entonces estudiaré lo que yo quiera. Quien está insatisfecho con su vida durante su paso por la universidad, pone su esperanza en la vida de trabajo o en el matrimonio: no estaré sometido al estrés de los exámenes. Quien ha empezado recién a trabajar sabe que debe sacrificarse al principio para en su momento adquirir una cierta posición y prestigio: más adelante tendré más libertad en mi trabajo. Los recién casados que comienzan a descubrir que el matrimonio no sacia sus ansias de felicidad tal vez piensen: un hijo me alcanzará la paz que busco. El hijo nace y no mejora las cosas. ¿Qué ocurre cuando las personas están insatisfechas en la vida y llevan ya algún tiempo casadas -¿crisis de los 7 años?- y están relativamente asentadas en lo profesional? Habitualmente no tienen en el futuro ninguna nueva situación que aminore el tedium vitae. Ya no hay nada en lo que esperar. La insatisfacción empieza a cundir y tal vez se profundiza cada mañana cuando se miran en el espejo y no les gusta lo que ven. Quizá las románticas promesas del matrimonio y de la familia no se han cumplido. Los años que quedan por delante –la mitad de la vida- pueden agobiar: siempre lo mismo. La persona se da cuenta de que no puede seguir así; la situación no se sostiene en el tiempo y se desata la crisis.

Algunos intentan superarla buscando lo nuevo. Lo nuevo puede ser cambio de trabajo o romper con la familia. En definitiva, poner el cuenta kilómetros en cero. Se invoca el derecho a la felicidad, a rehacer la vida; se culpa al cónyuge, a los hijos y al trabajo de la propia infelicidad. Piensan: después de todo, si exploro nuevos rumbos los míos estarán mejor. Así encubren su propio egoísmo con “preocupación por los demás”. Y ocurre lo que ya sabemos: que la felicidad no la encuentra en los nuevos rumbos ni en las nuevas uniones ni en los nuevos trabajos… Otros, con más realismo y sentido común, optan por la fidelidad al proyecto ya trazado y se dan cuenta de que para disfrutar de los frutos maduros del amor hay pasar por la prueba del tiempo.

La adolescencia es una época de inseguridades y definiciones. Es difícil sortearla con la ayuda de padres adolescentes. El consejo viene de antiguo: un ciego no guía a otro ciego.

lunes, 23 de abril de 2012

No perder batallas


“Esa batalla la perdí…”. A veces se oye a decir a algunos papás parcial o totalmente superados por hijos que no les hacen caso. Una verdadera pena –piensa uno para adentro- porque lo que ese papá y esa mamá no saben es que no sólo perdió esa batalla, sino todas las batallas. El hijo o la hija   al ganar una batalla descubre que sus padres se dan vencidos por cansancio y esta es una arma muy eficaz. Pienso en cosas muy domésticas: la hora de levantarse, la responsabilidad en los estudios, el espíritu de servicio en la casa, las horas de llegada, el uso de la televisión…Esos son los frentes que, día a día, miles de padres deben dar “batalla” para educar a sus hijos.

Los motivos por los que un papá puede darse por vencido son múltiples y siempre suponen un problema de planificación del proceso educativo. Algunos, agotados, no pueden mantener todos los frentes abiertos y deben replegarse en alguno o capitular en todos; otros son convencidos por los hijos (o por los amigos de los hijos…); otros quizá cambian de opinión con el transcurso del tiempo; el de más allá considera que nunca debió exigir nada a sus hijos sino solo darles cariño…; este se siente con las manos amarradas porque se ha dado cuenta que la exigencia no es razonable. Es muy posible que todo papá, en algún momento, se plantee: ¿conviene seguir insistiendo en esto?

Se puede descubrir un patrón fundamental en los padres exitosos: las “tiradas de toalla” se reducen a un mínimo; escogen con prudencia los frentes de exigencia de los hijos; conocen muy bien los principios fundamentales en los cuales no se puede transar nunca y sólo en torno a esos principios les señalan a los hijos normas absolutas.

Saber qué peleas dar y ser consistente a lo largo de los años no es tan fácil. Exige por parte de los padres que piensen a fondo en lo que quieren para sus hijos y en los medios que pondrán para llevarlo a cabo. Esto es una consecuencia del amor inteligente. Faltan puntos de referencia, y lo que antes se recibía por tradición familiar y social, hoy se debe conseguir a través de una adecuada interrelación con otros papás y con especialistas que apoyen en la tarea educativa. Esto es fundamental. De otro modo se corre el riesgo del método de la prueba y el error, y como la probabilidad de cometer errores es mayor, muchos de ellos son irreparables y cuando nos damos cuenta, no queda tiempo para corregirlos.

Para definir bien las batallas hay que conocer bien el temperamento de los hijos y para esto son cruciales los primeros años de la infancia. La llamada edad de oro de la educación. El conocimiento se hace difícil si las propias expectativas sobre el futuro de ese hijo o de esa hija perturban la objetividad. Los padres que no quieren abrir los ojos a la realidad, son por desagracia más frecuentes de lo que uno quisiera. Naturalmente es comprensible una cierta falta de objetividad, pero no la ceguera. Así nos encontramos con padres de excelente capacidad intelectual que no se conforman que a su hijo le cueste el colegio; o madres con carácter abierto y expansivo que se torturan porque su hija es más bien reservada (no tímida). Y al no aceptar el punto de partida –hijo que le cuesta, hija menos sociable- empiezan a exigir muchas veces lo que el hijo no puede dar. En el caso del niño con dificultades académicas no puede dar a su padre la satisfacción de ser el mejor del curso; y la niña no puede dar a su madre la satisfacción de ser la reina de todas las fiestas. Esta falta de realismo produce estragos en la educación, principalmente porque el hijo para aceptarse debe percibir que es aceptado; o lo que es lo mismo: para amarse como es, su base de apoyo debe ser el amor paterno / materno que lo confirma en la existencia.

Inteligencia entonces al escoger las batallas que dar con los hijos. Tener muy claro por qué exijo esto y lo otro y por cuánto tiempo. Saber razonar los motivos de esta o esa otra medida. Y junto con la inteligencia, perseverancia. La tarea de la educación es de largo plazo y los frutos se perciben, algunas veces, con el paso de los años. Pero lo que es claro, es que nada se pierde cuando nunca se da una batalla por perdida.

martes, 3 de abril de 2012

5 principios para la educación


Una educación que no tiene en cuenta la dimensión religiosa del hombre es necesariamente parcial, y podríamos agregar, provisoria. La religión no es asunto accesorio y por lo tanto prescindible: para formar auténticamente a una persona se debe tener en cuenta el fenómeno religioso. Hay quienes sostienen el ideal de dar una formación “aséptica”: el “tema” Dios se trata de esquivar y todo el proceso educativo se debe tratar de construir sobre algunos principios que desde el punto de vista religioso sean neutros. Por dos motivos estoy en profundo desacuerdo con esta postura. El primero y más importante, es porque considero que el hombre es un ser esencialmente religioso y un sistema educativo que se funda sobre una antropología inadecuada no puede funcionar bien. En segundo lugar, una postura “objetiva” nunca es verdaderamente tal: cuando se decide silenciar lo referente a Dios inevitablemente se está tomando partido.

El inicio de la Semana Santa es una buena coyuntura para reflexionar sobre la educación religiosa. En esta ocasión, sin embargo, me gustaría escribir no sobre el núcleo de la transmisión de la fe, sino sobre cinco presupuestos que ayudan enormemente a que esta transmisión sea eficaz. Como es fácil advertir, me es inevitable tomar la perspectiva de la fe católica.

1. Uno de los activos más “rentables” en la educación de los hijos es el empeño de los padres por cuidar la unidad de su matrimonio. Cuando el matrimonio está muy unido las cosas resultan fáciles, muy fáciles para quienes quieren educar bien a sus hijos. Del testimonio de amor entre sus padres los hijos aprenden importantes enseñanzas que determinarán, en último término, sus posibilidades de felicidad. No hay mejor camino para ser un buen papá que esforzarse por hacer patente a los hijos que la mamá es lo más importante para el papá, y mutatis mutandi podemos decir lo mismo para las mamás. Cuando el otro cónyuge está en el centro de la propia vida y efectivamente ambos se hacen uno, se consigue la propia felicidad y se entrega a los hijos las claves para que sean felices. El mensaje que le están transmitiendo a sus hijos es tan simple como profundo: hay que esforzarse por salir de uno mismo y entregarse a los demás; quien vive para el otro o para los otros se realiza plenamente como persona; quien busca en forma egoísta su felicidad y ve en los demás oportunidades para saciar su sed de felicidad, sólo se encuentra con la soledad y el vacío. Este mensaje que quizá no se dice ni se escribe, los hijos lo asimilan y les será útil cualquiera sea el camino que tomen en la vida.

2. El segundo presupuesto tiene que ver con el modo cómo se trata a las personas. Una idea que debe permear en los hijos, porque primero lo viven los padres, es rechazar dentro del hogar cualquier forma de falta de respeto a los demás. Los papás deben encender las alarmas cuando en los hijos adviertan señales de materialismo, que no es otra cosa que tratar a las personas como objetos. Si juzgan a los demás por el modo de vestir, o de hablar, o por los viajes que hacen…O si tratan a los demás como escalones que sirvan a sus propósitos. Lamentablemente, el ambiente hoy por hoy no acompaña, y vivimos bombardeados por la publicidad, el afán de estatus y el querer ser considerados por bagatelas o frivolidades. El materialismo en todas sus formas es un enemigo sutil, pero que puede terminar destruyendo hasta los mejores esfuerzos educativos.

3. Un tercer aspecto que es fundamental para una educación religiosa armónica es crear un auténtico calor de hogar. Un amigo comentaba el otro día, que él vivía en una casa a la que daban ganas de llegar después del trabajo. Uno supone que principalmente eso le ocurría porque al llegar no experimentaba la soledad. Una casa es un verdadero hogar cuando cada miembro de la familia se siente querido sin condiciones (que no significa sin exigencia), y también, e inseparablemente, cuando se esfuerza por querer y respetar a los otros también sin condiciones. También hay que dar importancia a ciertos detalles de cortesía y urbanidad que no ahoguen la espontaneidad sino que la encaucen. Por favor, gracias, perdón…no son palabras que surgen espontáneas, hay que enseñar a usarlas. Una buena ayuda para lograr este ambiente es tener la TV a raya y prescindir totalmente de ella en los momentos principales que la familia está reunida.

4. El cuarto principio tiene que ver con la lectura. Los beneficios de la lectura y más concretamente de la buena literatura, desbordan el ámbito meramente académico. Son muchos los estudios que vinculan profundamente las narraciones literarias con la educación moral. La formación religiosa se hace más sólida cuando en la vida familiar se fomentan las buenas lecturas. Las narraciones son fuente de transmisión de valores y de modelos de conducta que estimulan a la imitación o al rechazo según el caso. Cuando un niño o un joven ha leído buenos libros, la vida de virtud no se le presenta como algo teórico y abstracto, sino que es capaz de mirarlo como algo vivo que lo afecta y que es capaz de ser parte de su propia trayectoria vital.

5. El quinto aspecto tiene que ver con la formación cultural. El hombre nace y vive inmerso en una cultura y las decisiones que él toma están más o menos determinadas por esta cultura. No quiere esto decir que se anule la libertad y la responsabilidad, pero no sería realista afirmar que la formación de las propias convicciones es independiente del medio en el que se crece. La comprensión de uno mismo también pasa por la comprensión del entorno cultural. Y aquí juegan un papel fundamental las humanidades. Si se quiere dar una formación moral es fundamental que el niño y el joven lean los grandes textos de la historia del pensamiento. Si se descuida este aspecto, se deja a la persona a merced de la moda y de la propaganda.

domingo, 11 de marzo de 2012

Ahora que comienza el año


Entre los meses del año, no hay duda de que marzo ocupa un lugar especial. Han terminado las vacaciones, la gente está más descansada, entran los colegios y las calles se cargan, las universidades retoman sus actividades, el Congreso reanuda el trabajo legislativo, el presupuesto familiar se estresa…El elenco podría seguir. En general el ánimo es optimista y después del receso estival la gente suele confiar que el tiempo y el olvido hayan hecho su trabajo.

En el ámbito familiar, los papás con hijos en edad escolar, al hilo que compran los útiles escolares y ven los cuadernos nuevos que ellos llenarán durante el año, apuestan a que las cosas andarán mejores que el año anterior. Este hijo subirá las notas, el otro estará más ayudador en la casa; el de más acá ahora que es más grande podrá acompañarme en el deporte, o el de más allá resolverá tal dificultad de aprendizaje o de desarrollo de la personalidad. Expectativas legítimas que muchas veces se tratan de hacer realidad de manos de especialistas: un profesor de matemáticas, clases de tenis o de pintura, o algunas sesiones con la psicopedagoga…

Qué duda cabe de que es bueno y legítimo tener altas expectativas sobre los hijos. Después de todo, serán lo que nosotros veamos para ellos. Lo expresa con maestría Jean Guitton: “El secreto de la educación es imaginar a cada ser un poco mejor de lo que es en realidad. ¿Qué soy yo, pues, sino lo que creen de mí los que me aman?”. Es verdad. Marzo es el mes para imaginar a los hijos un poco mejores de lo que son ahora; es el momento para plantearse metas ambiciosas en todos los frentes de su desarrollo. Pero es preciso hacerlo con realismo y sentido común.

Realismo en la educación de los hijos significa saber qué se le puede pedir a cada uno y no tratar a todos igualmente, ya que como diría Aristóteles, es esencialmente injusto. Y para acertar en asunto tan importante es necesario conocer muy bien a cada hijo. Y esto no es tan sencillo. Por desgracia son muchos los papás hombres que están reprobando esta asignatura. Y la reprueban porque están tan absorbidos por su trabajo o por lo que sea, que no dedican el tiempo suficiente para estar con su familia. Conocer a una persona requiere cantidad y calidad de tiempo. No basta ni con la cantidad ni con la calidad. Ambas juntas. No es un objetivo fácil de conseguir; son muchos los factores que no están facilitando a los papás llegar más temprano a sus casas para pasar más tiempo con los suyos: competitividad en el trabajo, ambición, tráfico de la ciudad, egoísmo…

Ahora que comienza el año escolar es un buen momento para proponerse un objetivo ambicioso en la labor más importante: “este año 2012 seré mejor papá”. Y un modo concreto de lograrlo es destinar más tiempo a la familia; tener más presencia física y afectiva en el hogar. Cualquier otra meta que se plantee con cada uno de los hijos se debe apoyar sobre este propósito; cualquier otro empeño palidece y parece intrascendente ante la tremenda trascendencia de ser un buen papá. No olvidemos que después de todo, los hijos son el negocio más importante.