Todos tenemos muy clara la imagen
del niño consentido. Suele ser fofo y regordete. Sus palabras para sus padres
son órdenes; si está un poco cansado se queja; es aprensivo de sus posibles
achaques; la nana le lleva la mochila porque “pesa mucho”. Es fácil
reconocerlos en el fútbol –le tienen susto a la pelota- y al subir cerros…se
cansan rápido, necesitan luego tomar agua, se quedan rezagados pidiendo “por
favor, paremos un poco”. Esta imagen representa lo opuesto a la reciedumbre,
porque es recio el que no se queja ni del frío ni del calor, el que trabaja
intensamente venciendo el cansancio, el que no se complica cuando se ensucia
las manos, el que no hace tragedia si tiene que ducharse con agua fría.
Es fácil darse cuenta del valor
de la reciedumbre para la vida humana y de su importancia en la educación. Es
necesaria porque lo bueno cuesta y conseguirlo requiere esfuerzo. Es un dato de
la causa que el hombre para llegar a su plenitud está sometido a “vientos
contrarios”.
Educar la
virtud de la fortaleza es ayudar a eliminar los temores irracionales, es formar a los niños y a los jóvenes en un sano
temor y es enseñar a vencer el temor al sufrimiento. No es razonable eliminar
todo tipo de miedos: hay miedos que protegen. Por lo demás, quien dice que
eliminó todos sus temores, es incapaz de defenderse del miedo esencial que
aparece bajo diferentes disfraces: la sobreprotección, un excesivo afán de
seguridad, una preocupación obsesiva por la salud, los celos, la desconfianza y
en último término y como expresión fundamental del miedo, la huida del silencio
y de la quietud para evitar el enfrentamiento con las preguntas más punzantes
de la vida humana: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.
Se
observa muy a menudo el temor de muchos padres a que sus hijos sufran. Se
apresuran a quitarles todos los obstáculos para que el niño sea feliz y se
desarrolle armónicamente. Es verdaderamente paradójico: estos padres piensan
que le están dando todo, y en realidad le están quitando todo, porque cuando
una persona está sin fuerza ante las dificultades está en posición de perderlo
todo. Un poco de aspereza es buena para educar: hace a los niños recios y se
les dota de una gran fuerza espiritual, capaz de derribar los mayores
obstáculos.
Otra característica esencial de
la reciedumbre es la perseverancia. Insistir hasta conseguir el objetivo. Quizás
todos tenemos experiencia de haber empezado muchas veces, pero no acabamos de
ser fuertes en los propósitos. Tal vez la voluntad es débil, pero puede haber
una causa más profunda. La fortaleza no se justifica por sí misma (no hay que
ser fuertes porque hay que ser fuertes). Dice Pieper: “no es la dificultad lo
que constituye a la virtud, sino únicamente el bien”. La fortaleza tiene que
ser movida, y la mueve principalmente una vida con ideales grandes. Hay una
mentalidad muy extendida hoy en día entre la gente joven: culturalmente hemos
renunciado a lo heroico; el modelo no es el héroe sino el personaje de la
farándula, o en el mejor de los casos el hombre que triunfa sin importar muchas
veces el precio. El héroe verdadero muchas veces fracasa a los ojos del mundo
-basta pensar en Arturo Prat o en los mártires- pero en el fondo triunfa. Es
imposible que el hombre light sea fuerte: no tiene un para qué.
Es importante meter en los niños y en los jóvenes grandes ideales,
porque de lo contrario sus vidas se quedarán en la mediocridad. En el origen de
tantas vidas frustradas y desencantadas se encuentra la ausencia de un gran
ideal, de un objetivo en la vida que esté más allá de lo inmediato. Se hace
preciso formar a los niños con un fuerte sentido vocacional.
Los padres siempre deben empujar
hacia arriba y exigir que los hijos den lo que tienen que dar. Enseñar a ser
fuertes es tirar para arriba, alentar, estimular: “Puedes hacerlo…”, “Si te lo
propones lo lograrás…”, “Es cosa de que perseveres…”. Después de todo, como
dice Jean Guitton, “el secreto de la educación es imaginar a cada ser un poco
mejor de lo que es en realidad. ¿Qué soy yo, pues, sino lo que creen de mí los
que me aman?”.