miércoles, 27 de junio de 2012

Hijos sensatos II


En la columna anterior intentábamos profundizar en algunos principios generales para conducir a los hijos a la meta de ser personas criteriosas. Si queremos que el “buen sentido” arraigue firmemente en una persona es preciso llegar a la inteligencia, si no se corre el peligro de que los hijos queden a merced de la propaganda. Para lograr lo anterior, a continuación señalo algunos consejos tomados de la experiencia:

            a) Un modo eficaz de ir formando el criterio de los hijos es ir razonando con ellos -siempre de acuerdo a la edad en que se encuentren- el porqué de determinadas decisiones y patrones de acción. Las cosas no son porque sí. No importa que en el momento no entiendan lo que se les explica: esas lecciones quedan en la memoria y ya llegará el momento en que se activen y las hagan propias.
            b) Cuidar las conversaciones en la vida familiar. Los temas que predominan en la familia deben ser reflejo de los principios que mencionábamos en la columna anterior. Si se siempre se habla de frivolidades, no debe extrañar que los niños tomen sus decisiones motivados por frivolidades: es lo que hay en su cabeza. Es importante oír a los niños, hacerles preguntas, hacerlos reflexionar: ¿por qué hiciste esto?, ¿pensaste antes de actuar?, ¿no te diste cuenta que eso molestaba a los demás?
            c) Los padres deben cuidar sus propias lecturas y deben dar ejemplo al escoger los libros y las revistas que leen. Si la mamá y el papá son fanáticos de las revistas de farándula, en las que se ventilan las intimidades de no se sabe qué personaje, sin ningún pudor, es difícil ser consistente en la formación del principio del respeto por los demás. Algo similar se puede decir de los programas de televisión, de las películas, de los amigos, de los héroes, de la formar de vestir, de los modales.
            d) Hay que tener la televisión bajo control. Las buenas “ideas” pueden ser barridas por malos programas de televisión o por un uso indiscriminado de ella.
            e) Transmitir gusto por la cultura. Hay que procurar que los hijos entiendan el mundo que los circunda, y esto no es posible sin una esmerada formación en las humanidades. La buena literatura, la historia y las biografías nos enseñan sobre las personas y sobre la grandeza y la miseria de los hombres.

Una persona prudente es una persona que sabe leer la realidad sin errores: donde hay bien descubre bien y donde mal, mal. Esta capacidad de acertar en el juicio moral no es una tendencia innata sino que se debe formar. Siguiendo a James Stenson en su práctico ensayo “Lifeline: The Religious Upbringing of Your Children”, hay que atender a dos objetivos que ayudan a agudizar el juicio: enseñar a hacer distinciones y aprender de los errores.

Stenson dice que una manera de entender la virtud de la prudencia es verla como la capacidad adquirida de hacer distinciones. Desde este punto de vista, la labor de los padres se puede resumir entonces como el esfuerzo por llevar a los hijos desde su natural liviandad para pensar y para juzgar los asuntos sentimentalmente y de modo egoísta, a tener un juicio que sepa distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de los falso. En otras palabras, los padres deben enseñar a sus hijos a discernir. Esta tarea es difícil, sobre todo en una ambiente social en el que predomina el relativismo moral, en el que se divinizan las opiniones personales y se exalta la coherencia con los propios sentimientos. Nuestro autor señala que los padres necesitan trabajar duro para construir en los hijos esta capacidad de discernir. Señalamos a modo de ejemplo las distinciones que los hijos deben ser capaces de hacer:

·         héroe real - celebridades y personajes del espectáculo
·         derechos - intereses personales
·         amigo verdadero - conocido o cómplice
·         audacia - impulsividad
·         cortesía - vulgaridad
·         amor ordenado a uno mismo - orgullo y arrogancia
·         asertividad - agresividad
·         sano espíritu competitivo - exitismo
·         opiniones fundadas - sentimientos e impresiones
·         ley de Dios - leyes humanas
·         servicio público auténtico - servicio a la ideología
·         profesionalismo - trabajo amateur
·         amor por el pecador - odio al pecado
·         etc.

En cada familia se puede hacer crecer esta lista. Lo importante es que los hijos comprendan estas y otras antinomias y manejen también el vocabulario preciso que las describe.

jueves, 7 de junio de 2012

Hijos sensatos I


Para un barco sin puerto al que llegar, cualquier viento es bueno. O más bien no le sirve ninguno, porque el mismo navegar pierde el sentido. En la educación de los hijos es fundamental transmitirles instrumentos de orientación claros –mapas y brújula- que los sitúen en la vida. Se trata de hacerlos personas de criterio, prudentes, sensatos.

Una primera manifestación de la prudencia de los padres será contar con un proyecto de vida familiar bien definido. Este proyecto debe tener muy claro: el punto de partida, dónde se quiere llegar y los medios para lograrlo. Estos tres aspectos afectan a los padres como tales, al matrimonio y a cada hijo.

El punto de partida de toda labor educativa es la persona de cada papá y de cada mamá. Cada uno de ellos debe preocuparse de sí mismo, no con una preocupación egoísta sino orientada a la entrega. Un buen papá o una buena mamá es ante todo una buena persona: no es posible ser buen papá sin ser -o al menos sin intentar ser- buena persona. Un padre prudente sabe entonces que él debe empeñarse por vivir lo que quiere formar. Con esta afirmación nadie puede sentirse desalentado, porque en el caso de carecer de alguna virtud, el hecho de manifestar empeño por adquirirla ya es un excelente punto de partida para educar.

Junto al cuidado de cada uno de los padres, es importante el cuidado del matrimonio. El matrimonio es el fundamento de la vida familiar y requiere el primer lugar de la atención de los cónyuges. El ejemplo de papás que se quieren y que se esfuerzan por quererse mejor, vale más que todas las atenciones directas al hijo.

Un buen padre sabe también dónde quiere llegar. En asuntos de educación no es posible improvisar, sobre todo en los tiempos que corren, en los cuales es poco lo que se puede esperar del contexto social. Hasta hace algunas décadas, los padres educaban más o menos bien a sus hijos a pesar de que no tenían una idea clara del punto de llegada. Sin embargo, como se trataba de una sociedad cristiana, existía un ethos que facilitaba enormemente la labor de los padres, pues implícitamente imprimía una dirección al esfuerzo educativo. Hoy en día no es así. Para educar bien se requiere una gran claridad de mente para saber conducir a los hijos a objetivos bien trazados. De lo contrario, se va a la deriva, sin criterios para discernir lo conveniente de lo inconveniente.

Unos padres prudentes buscarán que sus hijos vivan virtuosamente, y si son cristianos, cristianamente: que sean héroes o santos. Cualquier meta más baja significa no reconocer la dignidad del hijo y el esfuerzo educativo nace con un defecto de origen que continuamente se manifestará.

Junto con definir el punto de llegada -la excelencia humana- es preciso definir los medios. ¿Cómo formar en la práctica, en la vida del día a día, estas cualidades propias de una vida de excelencia?

Como ya se ha indicado, el primer inductor de la prudencia o buen criterio, será el ejemplo de los padres. Si ser prudente es tomar las decisiones adecuadas, las decisiones de los padres irán decantando en una serie de principios que van rigiendo la vida familiar. Estos principios pasan a los hijos sólo si en primer lugar son algo práctico en el día a día. El discurso, la racionalización, si bien necesarios, se enraízan si van respaldados por la vida. Es importante tener claro cuáles son estos principios y cuál es su precedencia. Sin ser exhaustivos nos parece que la vida familiar se debe estructurar sobre los siguientes fundamentos:

            a) Dios es el origen, centro y fin de la vida. Los deberes religiosos son los primeros que se deben cumplir. En la práctica esto influye en muchas decisiones de la vida familiar: apertura a la vida, práctica sacramental, vida de oración, un plan se hace si permite cumplir un deber religioso, el modo de vestir en determinadas circunstancias, modo de enfrentar el dolor y la muerte, si se vive o no con una excesivo afán de seguridad, etc.
            b) A las personas siempre se les trata con respeto. Nunca es legítimo pasar a llevar su dignidad. Este es el antídoto contra el materialismo, que en su esencia no es otra cosa que tratar a las personas como cosas. La manifestación de este principio en la vida familiar puede ser amplia. Ponemos algunos ejemplos: modo de tratarse marido y mujer; si se grita o no en la casa; si se permite juzgar a las personas por su apariencia; fomentar la gratitud con las personas que trabajan en los distintos servicios (aseos, comidas, lavandería, etc.).
            c) Después de Dios, la familia debe ocupar la primera prioridad. No existe auténtica felicidad al margen de la familia. Por eso todos cuidan de contribuir al desarrollo de la familia, cada uno desde el lugar que le corresponde. Los padres como padres, los hijos como hijos. En una familia todos deben dar y recibir; un signo de que la educación está andando mal es el hecho de que algunos sólo reciben pero no dan; hasta el niño más pequeño puede “dar” algo: dejar sus juguetes ordenados, no entrar a la casa con los pies embarrados, etc. Especial atención merece el trabajo de los padres: nunca puede pasar a llevar sistemáticamente la dedicación a la familia; es preciso combatir el trabajolismo y el síndrome del padre ausente.
            d) El trabajo es un medio de perfeccionamiento personal. No se puede mostrar desagrado ante el hecho de tener que trabajar. El trabajo es un bien necesario, no una condena. Los padres son los primeros responsables de enseñar a trabajar a sus hijos y deben velar por la calidad de su trabajo escolar. Es importante destacar que lo que interesa no es el éxito en el trabajo ni ganar dinero ni el lucimiento personal; lo valioso es trabajar bien, con afán de servicio.
            e) No se transa con la verdad. El fin de la vida es conocer y amar lo verdadero y lo bueno. La vida familiar debe por lo tanto tener esta nota: es un lugar donde se vive con transparencia, sencillez y sinceridad. Esta última virtud es clave para la formación del niño y son muchos los modos como se puede inculcar: ocupar habitualmente un lenguaje llano y exigirlo así a los niños; tener una política moderada de premios y castigos; darles a los hijos una gran confianza…
            f) La felicidad se encuentra en la entrega. Aquí se abre un gran capítulo para los padres: deben llevar progresivamente a sus hijos a que vayan dándose con generosidad. Les enseñarán a ser buenos amigos, a servir a los compañeros de curso, a preocuparse de sus hermanos, a acompañar a los abuelos, etc. En este punto no se debe temor de exigir.
            g) Tenemos responsabilidad frente al bien común. La familia se integra en una comunidad más grande  y se debe a ella. El destino del conjunto de las otras familias con las cuales convivo -la patria- no nos es indiferente. Hay que enseñar a los hijos a ser buenos ciudadanos. Un medio privilegiado es el fomento de las actividades de servicio social y la sana preocupación por la cosa pública.