El rector de la Universidad
Católica de Santiago, Ignacio Sánchez, anunció que posiblemente en el próximo
proceso de admisión considerarían el ranking de los alumnos dentro de sus
colegios, tomando en cuenta el promedio de notas. Hay estudios que respaldan
este criterio como buen predictor del futuro rendimiento de los seleccionados.
Me parece una buena noticia, pero insuficiente.
Es una buena
noticia porque aparentemente tiende a ajustar un factor de inequidad. Los
buenos alumnos de malos colegios están objetivamente en peores condiciones para
postular que los buenos alumnos de colegios mejores. Es obvio, pero es
importante recordarlo y corregirlo. Todavía recuerdo el caso de ese estudiante
de un liceo, con excelentes notas –promedio cercano al siete- que da la prueba
y saca 450 puntos. La familia entera había puesto todas las esperanzas en él;
habían hecho sacrificios económicos para que pudiera terminar el colegio y… ¿en
qué termina? Con una tremenda frustración. Con la medida anunciada por el
rector Sánchez, que ojalá refrende el Cruch, se corrige en algo el problema que
enfrentan alumnos responsables que no estudian en un buen colegio y que no
quedan en las carreras de su preferencia y que con un poco de estimulación –por
ejemplo, la que reciben en una universidad de calidad- se nivelan en semanas y
luego superan a sus compañeros.
El anuncio del
rector lo estimo sin embargo insuficiente, porque es preciso mirar con más
detención el modo como se ponderan las notas de Enseñanza Media. Actualmente se
aplica una escala estándar única según el tipo de educación. Pero todos sabemos
que no todos los colegios exigen lo mismo y que no todas las notas valen lo
mismo. Un siete en un el colegio A no vale lo mismo que un siete en el colegio
B. De acuerdo a esta escala, muchos colegios con buenos rendimientos en la PSU
suelen ser castigados y casi todos los con
malos rendimientos se benefician. Es una ley pareja injusta. Además
produce un efecto secundario indeseado: cada vez es mayor la presión por subir
los promedios de notas, bajo el argumento de que “las notas cuentan para la
universidad”. Con esto los buenos profesores, que no suelen regalar las notas,
se ven enfrentados a una permanente tensión: exigir a sus alumnos seriamente
(lo cual a veces implica poner malas notas) y no “perjudicarlos” cara a su
ingreso a la universidad.
Estimo que el
sistema se podría corregir si, junto con tomar en cuenta las posiciones
relativas de los alumnos dentro de su colegio, las escalas para ponderar las
notas de Enseñanza Media no fueran únicas, sino dependieran del colegio del que
egresa el alumno. Así las escalas deberían estar construidas teniendo en cuenta
el resultado de ese colegio en un período razonable de tiempo. De esta manera
se lograría un ajuste entre los promedios de notas y los resultados en la PSU.
Además quitaría “presión inflacionaria” sobre los promedios; los colegios
tendrían más libertad para fijar los estándares de evaluación; y quién sabe si
volveríamos a los tiempos –quizá no del todo deseables- en que el 7 era para
Dios, el 6 para el profesor y el 5 para los buenos alumnos.
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