lunes, 30 de septiembre de 2013

El corazón de un colegio

Los niños pasan una buena parte del día en el colegio. Aunque la primacía de la formación la tiene la familia, el colegio no es un lugar indiferente; en muchos casos resulta decisivo para que efectivamente un niño llegue a ser hombre cabal.

La misión principal de un colegio debe ser la de ayudar a los padres a educar a sus hijos. La actividad de un centro educativo es conveniente plantearla en continuidad con la labor de los padres. No se debe caer en la ingenuidad de pensar que los colegios son desde el punto de la formación moral instituciones neutras. Cuando en el ideario educativo se plantean las cosas de modo neutral, ya se está tomando una posición: el mundo de la cultura está desconectado con el mundo de la libertad, lo cual sin duda es altamente peligroso. Además, quienes enseñan son personas que tienen sobre sus espaldas toda la carga de sus decisiones, que le dan un estilo personal que necesariamente influye en la sala de clases. El modo como el colegio ayuda a los padres en la formación de sus hijos es a través de las actividades propias de un centro educativo.

Estrictamente hablando un colegio no puede dar educación integral; esta sólo es posible al interior de la familia. Sin embargo, sin forzar las cosas y con naturalidad, los colegios deben parecerse lo más posible a las familias, al menos en los temas fundamentales: primacía del amor y todas sus consecuencias. Esto se traducirá en primer lugar en la convicción de todos los que trabajan en el centro de que su vocación es formar personas y la condición para ello es querer a los alumnos. Todo el trabajo debe mirarse bajo este prisma. Sólo quien quiere al alumno es capaz de educarlo. Al respecto nos dice Carlos Cardona: “El amor al otro en cuanto otro es la fuente, el alma y la norma de toda acción educativa. Sin amor no es posible educar. Todos tenemos experiencia de esto: nos resistimos a ser educados por quien no nos quiere”[1].

¿Cómo manifestar este cariño? Es lo mismo que preguntarse: ¿Cómo tratar personalizadamente a un alumno? Veamos la respuesta que nos da Cardona, que aunque larga, vale la pena citar: “La primera aplicación práctica es tratar a cada alumno de modo personalizado. No tratarlo como una fracción de multitud, sino como una persona única e irrepetible. Hay que interpelar directamente su responsabilidad personal. Es claro que eso requiere un trato directo (del profesor, y no sólo del tutor), dedicándole tiempo. Hay que conocer a los alumnos por sus nombres, tener de ellos una visión personal y propia. Eso puede hacerse incluso cuando el auditorio es numeroso: en el modo de dirigirse a todos los alumnos a la vez, se puede lograr una cierta interpelación personal, al menos implícita, si el profesor mismo no pierde de vista que cada alumno es alguien por sí mismo. Se puede así lograr que el alumno salga del anonimato de la masa, que se sienta directa y personalmente interpelado por lo que se dice, por lo que se enseña. Eso se traduce en la mirada, en el gesto, en la expresión del rostro, de mil maneras irreductibles a catálogo. Kierkegaard decía al respecto que el testigo de la verdad se tiene que dirigir a cada uno; si es posible a todos, pero a cada uno. Hay que ir por los campos, por las calles de las ciudades, por todas partes, dirigiéndose a cada uno. Habitualmente no debe dirigirse a la multitud. Y si ha de hacerlo, ha de ser para dispersarla como multitud; hoy diríamos con medios antidisturbios, pero de carácter moral, no físico: hay que evitar que el educando se sumerja en un anonimato que lo despersonaliza, lo cosifica, y le permite toda clase de tropelías, que a solas no se atrevería a perpetrar. Esto es también un claro hecho de experiencia. Y los que se dedican a usar a las masas para sus propios intentos, lo saben muy bien, y lo explotan. Eso es exactamente lo contrario de una conducta educativa ética”[2].

El lugar privilegiado para manifestar el cariño del que hablamos es la formación académica, que es la actividad más propia de un colegio y la razón formal por la que existen. A través del trabajo académico se puede dar una profunda formación moral. Como ya mencionábamos, no cabe contraponer “formación” a instrucción: la condición de una auténtica formación es una adecuada instrucción. Señalamos a continuación algunas condiciones para que el ambiente de un colegio sea formativo:
            a) Estándares de trabajo altos, por parte de los alumnos y por parte de los profesores. El trabajo bien hecho debe ser parte del ethos del colegio. Esto en la práctica se debiera traducir en que los profesores preparan cuidadosamente sus cursos y cada clase; cuidan los detalles que coronan un trabajo bien hecho: puntualidad, pulcritud, orden; están al día en sus materias; transmiten una actitud culta frente a la asignatura; hacen trabajar a los alumnos y les exigen razonablemente; corrigen lo que hay que corregir; mantienen un clima de trabajo en su clase. Un alumno que trabaja bien se caracteriza por cumplir puntualmente con los deberes y tareas; estar al día en las materias; procurar asistir a todas las clases; planificar bien su tiempo; estudiar a conciencia para las distintas evaluaciones; respetar el trabajo de los demás.
            b) El trabajo bien hecho es aquel que se hace con espíritu de servicio y no con fines egoístas. Particular atención debe ponerse a la competencia insana tan frecuente entre los alumnos y también entre los padres (respecto de sus hijos).
            c) El ambiente del colegio debe ser el de una extrema delicadeza en el trato. Hay que enseñar y exigir a los alumnos a comportarse con buena educación, cuidando los modales y tratando a todos con sencillez y confianza.
            d) La disciplina sólo tiene sentido en cuanto asegura los bienes anteriores. Si las normas que impone el colegio no están en directa relación con los principios ya mencionados y nacen por lo tanto de la arbitrariedad, es mejor que no existan.
            e) Atención personal a cada uno de los estamentos. Para que la acción del colegio sea eficaz requiere de un ambiente personalizador que sea fruto del esfuerzo de todos. Es responsabilidad de todos construir un ambiente de trabajo en el que prime el respeto por los demás, la amabilidad, el servicio (trabajo bien hecho), la alegría y el buen humor, la ayuda leal (también corrigiendo), la lealtad, el espíritu de colaboración (trabajo en equipo). Al mismo tiempo, se debe combatir la susceptibilidad, la injusticia, la flojera y la murmuración.



[1] Cardona, Carlos, Ética del quehacer educativo, Madrid, 1990, p. 38.
[2] Ibídem, p. 46-47.