jueves, 17 de noviembre de 2011

Deporte y educación


Después de cuatro años, el fin de semana pasado volví a asistir a un Interescolar de atletismo. Las pocas horas que pasé en el renovado Estadio Nacional me ayudaron a comprobar, una vez más, la trascendencia del deporte en la educación escolar y de paso, activaron algunas ideas que he ido acuñando con el transcurso de los años y al compás de muchas horas transcurridas entre atletas, barras, gritos de júbilo por el triunfo y caras de frustración por las derrotas.

Decir que el deporte es una excelente herramienta para la formación de los jóvenes no parece más que un lugar común. El escándalo en nuestra selección nacional y la marginación del plantel de cinco deportistas profesionales son una buena confirmación de que el deporte no es una especie de varita mágica, que de un modo misterioso produce una mejora en quien lo practica. Alguna vez podrá ser así desde el punto de vista técnico, pero no desde una perspectiva moral. Es obvio, pero quizá por obvio se olvida. Es fundamental entonces profundizar en las razones que hacen que el deporte sea visto como un buen medio para la formación de las personas.

¿Por qué la práctica deportiva es un medio excelente que ayuda a forjar el carácter de una persona? Sin ánimo de exhaustividad, en los párrafos siguientes me atrevo a apuntar algunas razones.

En primer lugar, para que un deporte sea deporte requiere un reto –marcar un gol, superar un registro- y tras este desafío se articulan todas las reglas y condiciones que lo definen esencialmente. En el fútbol, todo el trabajo del equipo tiene como fin marcar goles al contrario y simultáneamente evitar que los conviertan al propio equipo.

En segundo lugar, con la práctica deportiva los niños aprenden a manejar los fracasos y los triunfos. Un buen deportista sabe que para conseguir el objetivo debe superar las desilusiones y los obstáculos. Las pistas de atletismo y los distintos tipos de campos son como grandes simuladores de la vida, donde se ejercitan las capacidades humanas, pero sin las consecuencias de la vida real. Perder un partido de fútbol no es perder un trabajo; marcar un foul es distinto a agredir a alguien en la calle.

El deporte es también una buena escuela para comprender que el hombre no puede funcionar solo. No estamos solos y no nos bastamos a nosotros mismos. Quien hace deporte suele interactuar con personas –entrenadores, compañeros de equipo- y al hacerlo se comprende que el éxito personal es el del conjunto y que sin los demás yo no soy nada. Esto es verdad incluso en las pruebas solitarias del atletismo: ¿qué hace un garrochista sin el entrenador? En los deportes colectivos se entiende más fácilmente que las personas tienen distintas aptitudes y cada una de ellas es importante para el éxito del equipo.

Al practicar deportes los niños aprenden a controlar sus impulsos y a respetar las reglas. Si no hay control de los impulsos se puede ser marginado del juego y si no se cumplen las reglas, no es posible alcanzar el objetivo. La práctica del deporte se hace dentro de un marco que todos respetan y aceptan porque entienden que si se saltan las reglas se destruye el juego: las reglas del fútbol hacen que sea fútbol y no hándbol, las del básquetbol hacen que sea este deporte y no otro (si no se botea en el suelo se transforma en algo similar al hándbol). Si en el fútbol no hubiese reglas sería la anarquía (o una mala pichanga de barrio). Este aspecto es tal vez el más importante. Los deportes, al ser atractivos y entretenidos, nos muestran el lado más amable de las leyes morales. Todos –y especialmente los adolescentes y los jóvenes- tenemos una tendencia innata a la rebeldía. Nos carga que nos rayen la cancha. El deporte ayuda a entender que las reglas no son una restricción sino precisamente lo que me permite ser esto y no otra cosa.

Para efectivamente aprovechar las ventajas del deporte en la formación de los niños y de los jóvenes es fundamental que quienes lo dirigen tengan las ideas muy claras. Particularmente importante es la figura del entrenador. Sin un buen entrenador, cada deporte no es más que un pasatiempo.

¿Qué es un buen entrenador? Un buen entrenador en primer lugar conoce bien la técnica de su disciplina; estudia permanentemente y procura estar al día. Luego, da mucha importancia a los aspectos formales del trabajo: los entrenamientos empiezan y terminan puntualmente; siguen una cuidadosa planificación; a quien no asiste siempre se le pide una explicación. Es fundamental también el respeto de ciertos principios básicos:
a) quien no entrena no compite, aunque sea una estrellita;
b) la relación con sus dirigidos es cercana pero lo suficientemente lejana: no hay confusión en los papeles. El entrenador es el entrenador y como tal, ejerce la autoridad. El buen entrenador no busca a sus amigos entre los dirigidos; no se trata de hacer el simpático y el buena onda y si tiene que tomar medidas difíciles, las toma.
c) no pretenda llenarse de gloria a costa de los dirigidos. El buen entrenador sabe desaparecer en el momento propicio. Los deportistas a su cargo no son nunca un trampolín para sus ambiciones personales.

Ideas claras en torno al deporte permiten plantear un correcto proyecto educativo para los hijos y en los colegios. Seleccionar los entrenadores adecuados es esencial para que efectivamente esos proyectos se hagan realidad. Entiendo que ni una ni otra son tareas fáciles. Si en nuestros colegios hubiera profesores de deporte con auténtica vocación de formadores de personas, en muchos aspectos de la educación de nuestra juventud otro gallo cantaría.