Después de cuatro años, el fin de semana pasado volví a
asistir a un Interescolar de atletismo. Las pocas horas que pasé en el renovado
Estadio Nacional me ayudaron a comprobar, una vez más, la trascendencia del
deporte en la educación escolar y de paso, activaron algunas ideas que he ido
acuñando con el transcurso de los años y al compás de muchas horas
transcurridas entre atletas, barras, gritos de júbilo por el triunfo y caras de
frustración por las derrotas.
Decir que el deporte es una excelente herramienta para la
formación de los jóvenes no parece más que un lugar común. El escándalo en
nuestra selección nacional y la marginación del plantel de cinco deportistas
profesionales son una buena confirmación de que el deporte no es una especie de
varita mágica, que de un modo misterioso produce una mejora en quien lo
practica. Alguna vez podrá ser así desde el punto de vista técnico, pero no
desde una perspectiva moral. Es obvio, pero quizá por obvio se olvida. Es
fundamental entonces profundizar en las razones que hacen que el deporte sea
visto como un buen medio para la formación de las personas.
¿Por qué la práctica deportiva es un medio excelente que
ayuda a forjar el carácter de una persona? Sin ánimo de exhaustividad, en los
párrafos siguientes me atrevo a apuntar algunas razones.
En primer lugar, para que un deporte sea deporte requiere un
reto –marcar un gol, superar un registro- y tras este desafío se articulan
todas las reglas y condiciones que lo definen esencialmente. En el fútbol, todo
el trabajo del equipo tiene como fin marcar goles al contrario y
simultáneamente evitar que los conviertan al propio equipo.
En segundo lugar, con la práctica deportiva los niños
aprenden a manejar los fracasos y los triunfos. Un buen deportista sabe que
para conseguir el objetivo debe superar las desilusiones y los obstáculos. Las
pistas de atletismo y los distintos tipos de campos son como grandes
simuladores de la vida, donde se ejercitan las capacidades humanas, pero sin
las consecuencias de la vida real. Perder un partido de fútbol no es perder un
trabajo; marcar un foul es distinto a
agredir a alguien en la calle.
El deporte es también una buena escuela para comprender que
el hombre no puede funcionar solo. No estamos solos y no nos bastamos a
nosotros mismos. Quien hace deporte suele interactuar con personas
–entrenadores, compañeros de equipo- y al hacerlo se comprende que el éxito
personal es el del conjunto y que sin los demás yo no soy nada. Esto es verdad
incluso en las pruebas solitarias del atletismo: ¿qué hace un garrochista sin
el entrenador? En los deportes colectivos se entiende más fácilmente que las
personas tienen distintas aptitudes y cada una de ellas es importante para el
éxito del equipo.
Al practicar deportes los niños aprenden a controlar sus
impulsos y a respetar las reglas. Si no hay control de los impulsos se puede
ser marginado del juego y si no se cumplen las reglas, no es posible alcanzar
el objetivo. La práctica del deporte se hace dentro de un marco que todos
respetan y aceptan porque entienden que si se saltan las reglas se destruye el
juego: las reglas del fútbol hacen que sea fútbol y no hándbol, las del
básquetbol hacen que sea este deporte y no otro (si no se botea en el suelo se
transforma en algo similar al hándbol). Si en el fútbol no hubiese reglas sería
la anarquía (o una mala pichanga de
barrio). Este aspecto es tal vez el más importante. Los deportes, al ser
atractivos y entretenidos, nos muestran el lado más amable de las leyes
morales. Todos –y especialmente los adolescentes y los jóvenes- tenemos una
tendencia innata a la rebeldía. Nos carga que nos rayen la cancha. El deporte
ayuda a entender que las reglas no son una restricción sino precisamente lo que
me permite ser esto y no otra cosa.
Para efectivamente aprovechar las ventajas del deporte en la
formación de los niños y de los jóvenes es fundamental que quienes lo dirigen
tengan las ideas muy claras. Particularmente importante es la figura del
entrenador. Sin un buen entrenador, cada deporte no es más que un pasatiempo.
¿Qué es un buen entrenador? Un buen entrenador en primer
lugar conoce bien la técnica de su disciplina; estudia permanentemente y
procura estar al día. Luego, da mucha importancia a los aspectos formales del
trabajo: los entrenamientos empiezan y terminan puntualmente; siguen una
cuidadosa planificación; a quien no asiste siempre se le pide una explicación.
Es fundamental también el respeto de ciertos principios básicos:
a) quien no entrena no compite, aunque sea una estrellita;
b) la relación con sus dirigidos es cercana pero lo
suficientemente lejana: no hay confusión en los papeles. El entrenador es el
entrenador y como tal, ejerce la autoridad. El buen entrenador no busca a sus
amigos entre los dirigidos; no se trata de hacer el simpático y el buena onda y si tiene que tomar medidas
difíciles, las toma.
c) no pretenda llenarse de gloria a costa de los dirigidos.
El buen entrenador sabe desaparecer en
el momento propicio. Los deportistas a su cargo no son nunca un trampolín para
sus ambiciones personales.
Ideas claras en torno al deporte permiten plantear un
correcto proyecto educativo para los hijos y en los colegios. Seleccionar los
entrenadores adecuados es esencial para que efectivamente esos proyectos se
hagan realidad. Entiendo que ni una ni otra son tareas fáciles. Si en nuestros
colegios hubiera profesores de deporte con auténtica vocación de formadores de
personas, en muchos aspectos de la educación de nuestra juventud otro gallo
cantaría.