sábado, 5 de diciembre de 2015

El rol del profesor (II)

Puestas las bases fundamentales sobre el ser del hombre, podemos ahora estudiar las consecuencias que se derivan de su concepción personal en el ámbito educativo. Tomás de Aquino hace un penetrante análisis en el De Magistro, el cual como veremos tiene una gran actualidad[1]. En primer lugar, indica Santo Tomás, que el sujeto principal e intrínseco de la docencia es el sujeto que aprende. El maestro no infunde el conocimiento, no lo impone, ni traspasa. El profesor actúa ayudando a adquirir el saber.

En segundo lugar señala que la función del profesor consiste en enseñar (del latín insignare: mostrar con signos). El alumno a través de estos signos entiende lo que se le enseña.

En tercer lugar, el alumno aprende a partir de los primeros principios y las primeras nociones que adquiere por el conocimiento sensible. El alumno es el que aprende, y lo hace según su capacidad.

El cuarto y último principio es que el profesor debe facilitar el aprendizaje del alumno o la elaboración personal de sus conocimientos, evitando argumentos inútiles, siguiendo un método ordenado de exponer y procurando no repetir sus enseñanzas. Con la explicación, lo que se debe lograr es que el alumno mismo se explique.

¿Siguen siendo válidos estos principio? Para responder a la pregunta podemos compararlos con la teoría del aprendizaje significativo de Ausubel[2]. Ausubel sostiene que el alumno debe asumir que él es el responsable de aprender y debe manifestar una actitud favorable para relacionar los nuevos contenidos de un modo sustancial (no arbitrario) con los conocimientos de su estructura cognitiva. La escuela no puede renunciar a su responsabilidad por la dirección guiada de los aprendizajes (de lo cual se infiere la responsabilidad de los profesores). En segundo lugar, plantea que dentro del aula, el lenguaje es el sistema básico de comunicación y transmisión de conocimientos (enseñanza expositiva verbal). En tercer término, para Ausubel la tarea del docente consiste en programar, organizar y secuenciar los contenidos de forma que el alumno pueda realizar un aprendizaje significativo.

No es difícil darse cuenta que las condiciones del aprendizaje significativo de Ausubel son bastante similares a las que plantea Santo Tomás. Esta coincidencia no debe tomarse en términos polémicos, sino como una confirmación de que los enfoques personalistas toman lo mejor de la tradición filosófica cristiana y de las modernas teorías pedagógicas

Llegado a este punto podemos sacar otras consecuencias sobre las características del profesor en el enfoque personalista y los medios que hay que poner para formarlo:

a) Deber tener una sólida formación en la disciplina que enseña y debe saberla integrar dentro de un contexto cultural amplio.
b) Debe manejar las teorías del desarrollo de la persona en lo cognitivo, afectivo y social. Sólo así podrá dar la ayuda necesaria en el momento adecuado.
c) También debe ser un experto en el conocimiento de los modos que tienen las personas para aprender.
d) Como decíamos más arriba, debe profundizar en la dimensión ética de su condición de profesor. No sólo para regular su comportamiento, sino que para que sea capaz de ayudar al alumno a que haga un uso progresivo de su libertad.
e) Ha de ser un experto en la didáctica específica de su especialidad de modo de facilitar al alumno la elaboración personal de sus conocimientos.
f) Se le debe enseñar a trabajar en equipo. La tarea docente se debe entender como una función cooperativa en la que cada profesor aporta sus iniciativas.
g) Se debe habituar al estudio permanente, para estar al día en su disciplina específica y al tanto de todos los avances de la ciencia pedagógica.
h) Es fundamental la conciencia de la importancia del trabajo para el mejoramiento de la persona. Y para esto es fundamental la idea de la Obra Bien Hecha. “Un sistema educativo basado en la Obra Bien Hecha tiene como una de sus finalidades ayudar al estudiante a ser capaz de descubrir el bien que en todo trabajo –incluso en los más agobiantes- se encierre. El trabajo es una necesidad humana; en la medida en que no se llegue a ver como un camino de plenitud, la vida del hombre se degrada”[3].



[1] Tomás de Aquino, De Veritate, q. XI, a. 1.
[2] Cf. Ausubel, D. P.; Novak, J. D. y Hanesian, H. (1983). Psicología Educativa. Un punto de vista cognoscitivo. México: Trillas. (Ed. orig. 1978).
[3] García Hoz, V. (1987), Pedagogía visible y educación invisible, Madrid: Rialp.

sábado, 31 de octubre de 2015

El rol del profesor (I)

(Breve estudio que hice sobre el rol del profesor…Destinado a los que le gusta en serio la educación. Vuelvo después de algún tiempo parado. Lo presentaré en tres partes)


El predominio del racionalismo y su reducción de las certezas a lo que puede ser verificado por el método científico, ha llevado la educación a un pragmatismo al estilo de Dewey, que si bien puede aportar elementos útiles en lo meramente técnico-pedagógico, corre el riesgo de estrechar la comprensión de lo que significa el proceso educativo. Sin embargo, en un ambiente cultural en el que se constata el fracaso de las ideologías y en el que las promesas de la mitología del progreso indefinido no se han cumplido, parece haber espacio para nuevos planteamientos que den una salida distinta al nihilismo y su consecuente desesperanza.

El impulso que ha recibido el tomismo en el siglo XX y sus proyecciones educativas en las teorías personalistas de la educación, puede ser luz que nos saque del callejón sin salida en el que se ha metido la modernidad. La práctica de una educación personalizada parece ser una solución que permita a la educación salir del ámbito de lo factible y experimentable[1] y abrirse ella misma y al sujeto educado a la trascendencia, y se dé así una respuesta eficaz a las preguntas fundamentales de la existencia humana.

¿No resulta anticuado y “poco moderno” recurrir a autores medievales en los tiempos actuales? ¿Rehabilitar planteamientos escolásticos para delimitar el concepto de educación y el rol del educador, no es acaso un intento destinado al fracaso y a ser un diálogo de sordos con las tendencias pedagógicas y psicológicas más en boga? Como veremos, parece ser que la mirada sobre las concepciones pedagógicas de los maestros medievales y en especial de Tomás de Aquino, son más bien fruto de prejuicios que de un examen atento y desapasionado, y que si son correctamente comprendidas y traducidas al lenguaje del hombre contemporáneo, pueden tener plena carta de ciudadanía en los modernos aerópagos.

El punto de partida de las teorías personalistas es la recuperación de la concepción del hombre como persona. El propósito de la educación será el de educar personas a propósito de que son personas.

Para comprender el rol del educador en el enfoque personalista hace falta profundizar en el concepto de persona. No es este el lugar para analizar a fondo la comprensión tomista del término. Por ahora será suficiente un par de observaciones sobre la condición del ser personal.

Ser persona en primer lugar es una categoría metafísica. La dignidad de la persona no depende de su actividad sino de su ser. La persona tiene dignidad por la excelencia de su ser. Esto no quiere decir que la actividad no sea importante, sino que la actividad se funda en el ser. La educación por lo tanto es más que la preparación para la actividad; está más esencialmente relacionada con ayudar a ser y esto implica necesariamente a todos los ámbitos del actuar humano. Por otro lado, la afirmación de la condición metafísica del ser personal supone, según Forment, tres condiciones previas[2]. La primera es la afirmación de que la realidad posee una verdad propia que el entendimiento humano no crea, sino que únicamente es capaz de expresar. La segunda es que debe buscarse la verdad integral de la realidad. Y la tercera es el reconocimiento de que la persona expresa en su lenguaje lo que conoce.

Por otro lado, cuando Santo Tomás de Aquino afirma la condición personal del ser humano lo hace en un contexto teológico. Esto significa que el ser personal no se agota en el hombre. Más aún, el hombre es persona de modo participado. El verdadero ser personal es el divino. Pero el ser divino, de acuerdo a la doctrina católica, es tripersonal. La reflexión sobre este misterio lleva a la conclusión de que cada persona divina es el término de una relación. Ser persona en el ser divino es esencialmente una relación. Cuando se afirma entonces que el hombre es un ser personal, se está señalando de forma implícita su naturaleza relacional. De esta realidad, el personalismo extrae la consecuencia de que “la persona es un bien respecto del cual sólo el amor constituye la actitud apropiada y valedera”[3]. Toda persona necesita ser amada con un amor personal, distinto del que se tiene a las cosas o a los meros individuos.

A estas alturas ya podemos extraer un par de conclusiones sobre el rol del profesor. La primera es que debe entender su labor educativa como una labor ética. Así lo explica Cardona: “Lo primero que debe hacer el educador, como profesional de la enseñanza, es conseguir que su propia tarea sea un acto ético: debe actuar éticamente, como persona que se dirige a personas, y dar a esa relación recíproca que se establece un sentido moralmente bueno: ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias. Ha de ser un buen profesor, siendo un profesor bueno”[4].

La segunda es que debe tener una buena formación humanística que le permita entender la riqueza de la visión cristiana del hombre.



[1] Para Dewey la educación es “una constante reorganización o reconstrucción de la experiencia” (Dewey, J. (1995), Democracia y educación. Introducción a la filosofía de la educación. Madrid: Morata, p. 73.). Reflejo de su pragmatismo es también la quinta fase de su propuesta metodológica: la práctica es la prueba del valor de la reflexión hecha por el educando con objeto de resolver el problema (cf. Dewey, J. (1989), Cómo pensamos Nueva exposición de la relación entre pensamiento reflexivo y proceso educativo. Barcelona. Paidós, p. 99-110).
[2] Cf. Edudaldo Forment. (1989). El ser personal, fundamento de la educación. En El concepto de persona (65-66). Madrid: Rialp.
[3] Wojtyla, K. (2011), Amor y responsabilidad, Madrid: Palabra, p. 52.
[4] Cardona, C. (1990), Ética del quehacer educativo, Madrid: Rialp, p.19.