martes, 13 de noviembre de 2012

Hijos fuertes


Todos tenemos muy clara la imagen del niño consentido. Suele ser fofo y regordete. Sus palabras para sus padres son órdenes; si está un poco cansado se queja; es aprensivo de sus posibles achaques; la nana le lleva la mochila porque “pesa mucho”. Es fácil reconocerlos en el fútbol –le tienen susto a la pelota- y al subir cerros…se cansan rápido, necesitan luego tomar agua, se quedan rezagados pidiendo “por favor, paremos un poco”. Esta imagen representa lo opuesto a la reciedumbre, porque es recio el que no se queja ni del frío ni del calor, el que trabaja intensamente venciendo el cansancio, el que no se complica cuando se ensucia las manos, el que no hace tragedia si tiene que ducharse con agua fría.

Es fácil darse cuenta del valor de la reciedumbre para la vida humana y de su importancia en la educación. Es necesaria porque lo bueno cuesta y conseguirlo requiere esfuerzo. Es un dato de la causa que el hombre para llegar a su plenitud está sometido a “vientos contrarios”.

Educar la virtud de la fortaleza es ayudar a eliminar los temores irracionales, es formar a los niños y a los jóvenes en un sano temor y es enseñar a vencer el temor al sufrimiento. No es razonable eliminar todo tipo de miedos: hay miedos que protegen. Por lo demás, quien dice que eliminó todos sus temores, es incapaz de defenderse del miedo esencial que aparece bajo diferentes disfraces: la sobreprotección, un excesivo afán de seguridad, una preocupación obsesiva por la salud, los celos, la desconfianza y en último término y como expresión fundamental del miedo, la huida del silencio y de la quietud para evitar el enfrentamiento con las preguntas más punzantes de la vida humana: quién soy, de dónde vengo y a dónde voy.

Se observa muy a menudo el temor de muchos padres a que sus hijos sufran. Se apresuran a quitarles todos los obstáculos para que el niño sea feliz y se desarrolle armónicamente. Es verdaderamente paradójico: estos padres piensan que le están dando todo, y en realidad le están quitando todo, porque cuando una persona está sin fuerza ante las dificultades está en posición de perderlo todo. Un poco de aspereza es buena para educar: hace a los niños recios y se les dota de una gran fuerza espiritual, capaz de derribar los mayores obstáculos.

Otra característica esencial de la reciedumbre es la perseverancia. Insistir hasta conseguir el objetivo. Quizás todos tenemos experiencia de haber empezado muchas veces, pero no acabamos de ser fuertes en los propósitos. Tal vez la voluntad es débil, pero puede haber una causa más profunda. La fortaleza no se justifica por sí misma (no hay que ser fuertes porque hay que ser fuertes). Dice Pieper: “no es la dificultad lo que constituye a la virtud, sino únicamente el bien”. La fortaleza tiene que ser movida, y la mueve principalmente una vida con ideales grandes. Hay una mentalidad muy extendida hoy en día entre la gente joven: culturalmente hemos renunciado a lo heroico; el modelo no es el héroe sino el personaje de la farándula, o en el mejor de los casos el hombre que triunfa sin importar muchas veces el precio. El héroe verdadero muchas veces fracasa a los ojos del mundo -basta pensar en Arturo Prat o en los mártires- pero en el fondo triunfa. Es imposible que el hombre light sea fuerte: no tiene un para qué.

Es importante meter en los niños y en los jóvenes grandes ideales, porque de lo contrario sus vidas se quedarán en la mediocridad. En el origen de tantas vidas frustradas y desencantadas se encuentra la ausencia de un gran ideal, de un objetivo en la vida que esté más allá de lo inmediato. Se hace preciso formar a los niños con un fuerte sentido vocacional.

Los padres siempre deben empujar hacia arriba y exigir que los hijos den lo que tienen que dar. Enseñar a ser fuertes es tirar para arriba, alentar, estimular: “Puedes hacerlo…”, “Si te lo propones lo lograrás…”, “Es cosa de que perseveres…”. Después de todo, como dice Jean Guitton, “el secreto de la educación es imaginar a cada ser un poco mejor de lo que es en realidad. ¿Qué soy yo, pues, sino lo que creen de mí los que me aman?”.