sábado, 31 de octubre de 2015

El rol del profesor (I)

(Breve estudio que hice sobre el rol del profesor…Destinado a los que le gusta en serio la educación. Vuelvo después de algún tiempo parado. Lo presentaré en tres partes)


El predominio del racionalismo y su reducción de las certezas a lo que puede ser verificado por el método científico, ha llevado la educación a un pragmatismo al estilo de Dewey, que si bien puede aportar elementos útiles en lo meramente técnico-pedagógico, corre el riesgo de estrechar la comprensión de lo que significa el proceso educativo. Sin embargo, en un ambiente cultural en el que se constata el fracaso de las ideologías y en el que las promesas de la mitología del progreso indefinido no se han cumplido, parece haber espacio para nuevos planteamientos que den una salida distinta al nihilismo y su consecuente desesperanza.

El impulso que ha recibido el tomismo en el siglo XX y sus proyecciones educativas en las teorías personalistas de la educación, puede ser luz que nos saque del callejón sin salida en el que se ha metido la modernidad. La práctica de una educación personalizada parece ser una solución que permita a la educación salir del ámbito de lo factible y experimentable[1] y abrirse ella misma y al sujeto educado a la trascendencia, y se dé así una respuesta eficaz a las preguntas fundamentales de la existencia humana.

¿No resulta anticuado y “poco moderno” recurrir a autores medievales en los tiempos actuales? ¿Rehabilitar planteamientos escolásticos para delimitar el concepto de educación y el rol del educador, no es acaso un intento destinado al fracaso y a ser un diálogo de sordos con las tendencias pedagógicas y psicológicas más en boga? Como veremos, parece ser que la mirada sobre las concepciones pedagógicas de los maestros medievales y en especial de Tomás de Aquino, son más bien fruto de prejuicios que de un examen atento y desapasionado, y que si son correctamente comprendidas y traducidas al lenguaje del hombre contemporáneo, pueden tener plena carta de ciudadanía en los modernos aerópagos.

El punto de partida de las teorías personalistas es la recuperación de la concepción del hombre como persona. El propósito de la educación será el de educar personas a propósito de que son personas.

Para comprender el rol del educador en el enfoque personalista hace falta profundizar en el concepto de persona. No es este el lugar para analizar a fondo la comprensión tomista del término. Por ahora será suficiente un par de observaciones sobre la condición del ser personal.

Ser persona en primer lugar es una categoría metafísica. La dignidad de la persona no depende de su actividad sino de su ser. La persona tiene dignidad por la excelencia de su ser. Esto no quiere decir que la actividad no sea importante, sino que la actividad se funda en el ser. La educación por lo tanto es más que la preparación para la actividad; está más esencialmente relacionada con ayudar a ser y esto implica necesariamente a todos los ámbitos del actuar humano. Por otro lado, la afirmación de la condición metafísica del ser personal supone, según Forment, tres condiciones previas[2]. La primera es la afirmación de que la realidad posee una verdad propia que el entendimiento humano no crea, sino que únicamente es capaz de expresar. La segunda es que debe buscarse la verdad integral de la realidad. Y la tercera es el reconocimiento de que la persona expresa en su lenguaje lo que conoce.

Por otro lado, cuando Santo Tomás de Aquino afirma la condición personal del ser humano lo hace en un contexto teológico. Esto significa que el ser personal no se agota en el hombre. Más aún, el hombre es persona de modo participado. El verdadero ser personal es el divino. Pero el ser divino, de acuerdo a la doctrina católica, es tripersonal. La reflexión sobre este misterio lleva a la conclusión de que cada persona divina es el término de una relación. Ser persona en el ser divino es esencialmente una relación. Cuando se afirma entonces que el hombre es un ser personal, se está señalando de forma implícita su naturaleza relacional. De esta realidad, el personalismo extrae la consecuencia de que “la persona es un bien respecto del cual sólo el amor constituye la actitud apropiada y valedera”[3]. Toda persona necesita ser amada con un amor personal, distinto del que se tiene a las cosas o a los meros individuos.

A estas alturas ya podemos extraer un par de conclusiones sobre el rol del profesor. La primera es que debe entender su labor educativa como una labor ética. Así lo explica Cardona: “Lo primero que debe hacer el educador, como profesional de la enseñanza, es conseguir que su propia tarea sea un acto ético: debe actuar éticamente, como persona que se dirige a personas, y dar a esa relación recíproca que se establece un sentido moralmente bueno: ha de ser un acto personal bueno, en sí y en sus consecuencias. Ha de ser un buen profesor, siendo un profesor bueno”[4].

La segunda es que debe tener una buena formación humanística que le permita entender la riqueza de la visión cristiana del hombre.



[1] Para Dewey la educación es “una constante reorganización o reconstrucción de la experiencia” (Dewey, J. (1995), Democracia y educación. Introducción a la filosofía de la educación. Madrid: Morata, p. 73.). Reflejo de su pragmatismo es también la quinta fase de su propuesta metodológica: la práctica es la prueba del valor de la reflexión hecha por el educando con objeto de resolver el problema (cf. Dewey, J. (1989), Cómo pensamos Nueva exposición de la relación entre pensamiento reflexivo y proceso educativo. Barcelona. Paidós, p. 99-110).
[2] Cf. Edudaldo Forment. (1989). El ser personal, fundamento de la educación. En El concepto de persona (65-66). Madrid: Rialp.
[3] Wojtyla, K. (2011), Amor y responsabilidad, Madrid: Palabra, p. 52.
[4] Cardona, C. (1990), Ética del quehacer educativo, Madrid: Rialp, p.19.

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