Los niños pasan una buena parte del día en el colegio. Aunque la
primacía de la formación la tiene la familia, el colegio no es un lugar
indiferente; en muchos casos resulta decisivo para que efectivamente un niño
llegue a ser hombre cabal.
La misión principal de un colegio debe ser la de ayudar a los
padres a educar a sus hijos. La actividad de un centro educativo es conveniente
plantearla en continuidad con la labor de los padres. No se debe caer en la
ingenuidad de pensar que los colegios son desde el punto de la formación moral
instituciones neutras. Cuando en el ideario educativo se plantean las cosas de
modo neutral, ya se está tomando una posición: el mundo de la cultura está
desconectado con el mundo de la libertad, lo cual sin duda es altamente
peligroso. Además, quienes enseñan son personas que tienen sobre sus espaldas
toda la carga de sus decisiones, que le dan un estilo personal que
necesariamente influye en la sala de clases. El modo como el colegio ayuda a
los padres en la formación de sus hijos es a través de las actividades propias
de un centro educativo.
Estrictamente hablando un colegio no puede dar educación integral;
esta sólo es posible al interior de la familia. Sin embargo, sin forzar las
cosas y con naturalidad, los colegios deben parecerse lo más posible a las
familias, al menos en los temas fundamentales: primacía del amor y todas sus
consecuencias. Esto se traducirá en primer lugar en la convicción de todos los
que trabajan en el centro de que su vocación es formar personas y la condición
para ello es querer a los alumnos. Todo el trabajo debe mirarse bajo este
prisma. Sólo quien quiere al alumno es capaz de educarlo. Al respecto nos dice
Carlos Cardona: “El amor al otro en
cuanto otro es la fuente, el alma y la norma de toda acción educativa. Sin amor
no es posible educar. Todos tenemos experiencia de esto: nos resistimos a ser
educados por quien no nos quiere”[1].
¿Cómo manifestar este cariño? Es lo mismo que preguntarse: ¿Cómo
tratar personalizadamente a un
alumno? Veamos la respuesta que nos da Cardona, que aunque larga, vale la pena
citar: “La primera aplicación práctica es
tratar a cada alumno de modo personalizado. No tratarlo como una fracción de
multitud, sino como una persona única e irrepetible. Hay que interpelar
directamente su responsabilidad personal. Es claro que eso requiere un trato directo
(del profesor, y no sólo del tutor), dedicándole tiempo. Hay que conocer a los
alumnos por sus nombres, tener de ellos una visión personal y propia. Eso puede
hacerse incluso cuando el auditorio es numeroso: en el modo de dirigirse a
todos los alumnos a la vez, se puede lograr una cierta interpelación personal,
al menos implícita, si el profesor mismo no pierde de vista que cada alumno es
alguien por sí mismo. Se puede así lograr que el alumno salga del anonimato de
la masa, que se sienta directa y personalmente interpelado por lo que se dice,
por lo que se enseña. Eso se traduce en la mirada, en el gesto, en la expresión
del rostro, de mil maneras irreductibles a catálogo. Kierkegaard decía al respecto que el testigo de la verdad se tiene que
dirigir a cada uno; si es posible a todos, pero a cada uno. Hay que ir por los
campos, por las calles de las ciudades, por todas partes, dirigiéndose a cada
uno. Habitualmente no debe dirigirse a la multitud. Y si ha de hacerlo, ha de
ser para dispersarla como multitud; hoy diríamos con medios antidisturbios,
pero de carácter moral, no físico: hay que evitar que el educando se sumerja en
un anonimato que lo despersonaliza, lo cosifica, y le permite toda clase de
tropelías, que a solas no se atrevería a perpetrar. Esto es también un claro
hecho de experiencia. Y los que se dedican a usar a las masas para sus propios
intentos, lo saben muy bien, y lo explotan. Eso es exactamente lo contrario de
una conducta educativa ética”[2].
El lugar privilegiado para manifestar el cariño del que hablamos
es la formación académica, que es la actividad más propia de un colegio y la
razón formal por la que existen. A través del trabajo académico se puede dar
una profunda formación moral. Como ya mencionábamos, no cabe contraponer “formación”
a instrucción: la condición de una auténtica formación es una adecuada
instrucción. Señalamos a continuación algunas condiciones para que el ambiente
de un colegio sea formativo:
a) Estándares de trabajo altos, por parte de
los alumnos y por parte de los profesores. El trabajo bien hecho debe ser
parte del ethos del colegio. Esto en
la práctica se debiera traducir en que los profesores preparan cuidadosamente
sus cursos y cada clase; cuidan los detalles que coronan un trabajo bien hecho:
puntualidad, pulcritud, orden; están al día en sus materias; transmiten una
actitud culta frente a la asignatura; hacen trabajar a los alumnos y les exigen
razonablemente; corrigen lo que hay que corregir; mantienen un clima de trabajo
en su clase. Un alumno que trabaja bien se caracteriza por cumplir puntualmente
con los deberes y tareas; estar al día en las materias; procurar asistir a
todas las clases; planificar bien su tiempo; estudiar a conciencia para las
distintas evaluaciones; respetar el trabajo de los demás.
b) El trabajo bien hecho es aquel que se hace
con espíritu de servicio y no con fines egoístas. Particular atención debe
ponerse a la competencia insana tan frecuente entre los alumnos y también entre
los padres (respecto de sus hijos).
c) El ambiente del colegio debe ser el de una
extrema delicadeza en el trato. Hay que enseñar y exigir a los alumnos a
comportarse con buena educación, cuidando los modales y tratando a todos con
sencillez y confianza.
d) La disciplina sólo tiene sentido en cuanto
asegura los bienes anteriores. Si las normas que impone el colegio no están
en directa relación con los principios ya mencionados y nacen por lo tanto de
la arbitrariedad, es mejor que no existan.
e) Atención personal a cada uno de los
estamentos. Para que la acción del colegio sea eficaz requiere de un
ambiente personalizador que sea fruto del esfuerzo de todos. Es responsabilidad
de todos construir un ambiente de trabajo en el que prime el respeto por los
demás, la amabilidad, el servicio (trabajo bien hecho), la alegría y el buen
humor, la ayuda leal (también corrigiendo), la lealtad, el espíritu de
colaboración (trabajo en equipo). Al mismo tiempo, se debe combatir la
susceptibilidad, la injusticia, la flojera y la murmuración.
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