miércoles, 5 de septiembre de 2012

El sentido del compromiso


Muchos hoy en día son reacios a hacer promesas que les puedan limitar en el futuro, lo que se manifiesta en las cosas más prosaicas –comprometer la asistencia a una reunión social- y también en las más importantes, como es la incapacidad de tantos de contraer matrimonio y formar una familia. Las causas pueden ser múltiples, pero interesa ahora apuntar dos: el hedonismo y una concepción de la libertad como ausencia de vínculos. El hedonismo impide hacer compromisos porque instala en la mentalidad de la gente que lo importante es maximizar el placer y evitar el sufrimiento, tener una vida cómoda; y como el hombre es incapaz de desvelar el futuro, lo más “sensato” será tener disponibilidad para aprovechar las circunstancias futuras desconocidas que eventualmente me hagan tener mejor “calidad de vida”. Cuando se concibe la libertad como ausencia de vínculos también se afectaría la capacidad de hacer compromisos, que no significarían otra cosa que cadenas y restricciones a lo más propiamente humano: ser libre. Esta última forma de argumentar tiene algunos defectos que intentaremos esclarecer porque son particularmente importantes si se quiere poner fundamentos sólidos en la educación de los hijos.

La capacidad de hacer promesas es consecuencia de nuestra libertad. Sólo porque soy libre puedo comprometerme e hipotecar el futuro. A primera vista parece que un compromiso estrecha las posibilidades futuras de la libertad: si me caso con esta mujer no podré salir con aquélla; si me comprometo en este negocio, no podré hacer tal otro; si tomo estas clases no estaré disponible para aquel panorama. La verdad es que ocurre precisamente lo contrario. Quien hace compromisos amplia los ámbitos de su libertad. Veámoslo con uno de los ejemplos propuestos.

Cuando un hombre se casa con una determinada mujer no debe salir con otras. Pero estrictamente hablando, sí puede: la posibilidad de salir o intimar con otras sigue estando; otra cosa es que mi conciencia me lo advierta o los demás lo censuren. Podemos ver que desde el momento en que hay un compromiso, a la libertad se le modifican las opciones y por lo tanto accede a nuevas posibilidades. En nuestro caso, se abre la posibilidad de ser fiel. “Materialmente” hablando las opciones siguen siendo las mismas: salir con esta mujer (mi señora) o con esa (la secretaria) o con la de más allá. La diferencia es que la promesa afecta las consecuencias de tomar una u otra opción; les da una tonalidad moral distinta. En general, para cada persona los pesos de las opciones son propios: si yo estoy casado no debo salir con la señorita A; para el soltero esa opción será distinta desde el punto de vista moral: no hay ningún inconveniente en que salga con la señorita A. Hacer compromiso entonces va dando una tonalidad muy personal a la vida; las opciones que se me presentan, son mis opciones. Los vínculos que yo tome van abriendo nuevas posibilidades y la libertad se va determinando, me va “haciendo” este y no otro. Con lo que decimos, no resulta extraño que en las sociedades alérgicas a comprometerse haya un fuerte proceso de despersonalización, uniformización y vulgarización: si nadie toma decisiones que afectan el ejercicio de la libertad, las opciones son las mismas para todos; y si se hacen decisiones son por bagatelas, lo cual hace inevitable esta vulgarización. Examinemos con más detención este último punto.

Si se instala una mentalidad que rechaza el compromiso y que se deja paralizar por el miedo al futuro, el campo de ejercicio de la libertad se reduce necesariamente a la elección de cosas más o menos triviales: si salgo o no este fin de semana, dónde tomar vacaciones, qué película ver; en el mejor de los casos, qué trabajo hacer o qué “pareja” escoger (al menos por un tiempo, pero siempre con un dejo de provisionalidad). Si la realidad no nos ofrece alternativas más profundas para el ejercicio de la libertad, es inevitable que para muchos la libertad termine – como señala Leonardo Polo- siendo un fardo, pues “tenemos más libertad que ocasiones de ejercerla” y un “conjunto de nimiedades no justifica ser radicalmente libre (a lo sumo merece una pequeña libertad)” y la incapacidad de comprometer la libertad en asuntos que exigen ejercerla entera, hacen que la libertad profunda quede entonces abierta a la nada.

En el hombre hay facultades que sólo maduran en el ámbito del “para siempre”. Quien no se anima a comprometer su libertad en el largo plazo, termina jibarizando su libertad y se le hace imposible adquirir la madurez. Se transforma en un eterno adolescente.

El desafío entonces es instalar en la vida familiar y escolar un clima en el que se tenga una alta valoración del compromiso y en el que se exija el cumplimiento de la palabra dada. Sólo así los hijos y los alumnos podrán ser siempre radicalmente libres y podrán experimentar los atractivos frutos de la fidelidad.


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