Muchos
hoy en día son reacios a hacer promesas que les puedan limitar en el futuro, lo
que se manifiesta en las cosas más prosaicas –comprometer la asistencia a una
reunión social- y también en las más importantes, como es la incapacidad de
tantos de contraer matrimonio y formar una familia. Las causas pueden ser
múltiples, pero interesa ahora apuntar dos: el hedonismo y una concepción de la
libertad como ausencia de vínculos. El hedonismo impide hacer compromisos
porque instala en la mentalidad de la gente que lo importante es maximizar el
placer y evitar el sufrimiento, tener una vida cómoda; y como el hombre es
incapaz de desvelar el futuro, lo más “sensato” será tener disponibilidad para
aprovechar las circunstancias futuras desconocidas que eventualmente me hagan
tener mejor “calidad de vida”. Cuando se concibe la libertad como ausencia de
vínculos también se afectaría la capacidad de hacer compromisos, que no
significarían otra cosa que cadenas y restricciones a lo más propiamente
humano: ser libre. Esta última forma de argumentar tiene algunos defectos que
intentaremos esclarecer porque son particularmente importantes si se quiere
poner fundamentos sólidos en la educación de los hijos.
La
capacidad de hacer promesas es consecuencia de nuestra libertad. Sólo porque
soy libre puedo comprometerme e hipotecar el futuro. A primera vista parece que
un compromiso estrecha las posibilidades futuras de la libertad: si me caso con
esta mujer no podré salir con aquélla; si me comprometo en este negocio, no
podré hacer tal otro; si tomo estas clases no estaré disponible para aquel
panorama. La verdad es que ocurre precisamente lo contrario. Quien hace
compromisos amplia los ámbitos de su libertad. Veámoslo con uno de los ejemplos
propuestos.
Cuando un
hombre se casa con una determinada mujer no debe salir con otras. Pero
estrictamente hablando, sí puede: la posibilidad de salir o intimar con otras
sigue estando; otra cosa es que mi conciencia me lo advierta o los demás lo
censuren. Podemos ver que desde el momento en que hay un compromiso, a la
libertad se le modifican las opciones y por lo tanto accede a nuevas
posibilidades. En nuestro caso, se abre la posibilidad de ser fiel.
“Materialmente” hablando las opciones siguen siendo las mismas: salir con esta
mujer (mi señora) o con esa (la secretaria) o con la de más allá. La diferencia
es que la promesa afecta las consecuencias de tomar una u otra opción; les da
una tonalidad moral distinta. En general, para cada persona los pesos de las
opciones son propios: si yo estoy casado no debo salir con la señorita A; para
el soltero esa opción será distinta desde el punto de vista moral: no hay
ningún inconveniente en que salga con la señorita A. Hacer compromiso entonces
va dando una tonalidad muy personal a la vida; las opciones que se me
presentan, son mis opciones. Los
vínculos que yo tome van abriendo nuevas posibilidades y la libertad se va
determinando, me va “haciendo” este y no otro. Con lo que decimos, no resulta
extraño que en las sociedades alérgicas a comprometerse haya un fuerte proceso
de despersonalización, uniformización y vulgarización: si nadie toma decisiones
que afectan el ejercicio de la libertad, las opciones son las mismas para
todos; y si se hacen decisiones son por bagatelas, lo cual hace inevitable esta
vulgarización. Examinemos con más detención este último punto.
Si se
instala una mentalidad que rechaza el compromiso y que se deja paralizar por el
miedo al futuro, el campo de ejercicio de la libertad se reduce necesariamente
a la elección de cosas más o menos triviales: si salgo o no este fin de semana,
dónde tomar vacaciones, qué película ver; en el mejor de los casos, qué trabajo
hacer o qué “pareja” escoger (al menos por un tiempo, pero siempre con un dejo
de provisionalidad). Si la realidad no nos ofrece alternativas más profundas
para el ejercicio de la libertad, es inevitable que para muchos la libertad
termine – como señala Leonardo Polo- siendo un fardo, pues “tenemos más libertad que ocasiones de ejercerla” y un “conjunto de nimiedades no justifica ser
radicalmente libre (a lo sumo merece una pequeña libertad)” y la
incapacidad de comprometer la libertad en asuntos que exigen ejercerla entera,
hacen que la libertad profunda quede entonces abierta a la nada.
En el
hombre hay facultades que sólo maduran en el ámbito del “para siempre”. Quien
no se anima a comprometer su libertad en el largo plazo, termina jibarizando su
libertad y se le hace imposible adquirir la madurez. Se transforma en un eterno
adolescente.
El desafío entonces
es instalar en la vida familiar y escolar un clima en el que se tenga una alta
valoración del compromiso y en el que se exija el cumplimiento de la palabra
dada. Sólo así los hijos y los alumnos podrán ser siempre radicalmente libres y
podrán experimentar los atractivos frutos de la fidelidad.
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