En la columna anterior intentábamos profundizar en algunos
principios generales para conducir a los hijos a la meta de ser personas
criteriosas. Si queremos que el “buen sentido” arraigue firmemente en una persona
es preciso llegar a la inteligencia, si no se corre el peligro de que los hijos
queden a merced de la propaganda. Para lograr lo anterior, a continuación señalo
algunos consejos tomados de la experiencia:
a) Un modo eficaz
de ir formando el criterio de los hijos es ir razonando con ellos -siempre de
acuerdo a la edad en que se encuentren- el porqué de determinadas decisiones y
patrones de acción. Las cosas no son porque sí. No importa que en el momento no
entiendan lo que se les explica: esas lecciones quedan en la memoria y ya
llegará el momento en que se activen y las hagan propias.
b) Cuidar las
conversaciones en la vida familiar. Los temas que predominan en la familia
deben ser reflejo de los principios que mencionábamos en la columna anterior.
Si se siempre se habla de frivolidades, no debe extrañar que los niños tomen
sus decisiones motivados por frivolidades: es lo que hay en su cabeza. Es
importante oír a los niños, hacerles preguntas, hacerlos reflexionar: ¿por qué
hiciste esto?, ¿pensaste antes de actuar?, ¿no te diste cuenta que eso
molestaba a los demás?
c) Los padres
deben cuidar sus propias lecturas y deben dar ejemplo al escoger los libros y
las revistas que leen. Si la mamá y el papá son fanáticos de las revistas de
farándula, en las que se ventilan las intimidades de no se sabe qué personaje, sin ningún pudor, es difícil
ser consistente en la formación del principio del respeto por los demás. Algo
similar se puede decir de los programas de televisión, de las películas, de los
amigos, de los héroes, de la formar de vestir, de los modales.
d) Hay que tener
la televisión bajo control. Las buenas “ideas” pueden ser barridas por malos
programas de televisión o por un uso indiscriminado de ella.
e) Transmitir
gusto por la cultura. Hay que procurar que los hijos entiendan el mundo que los circunda, y esto no es posible sin una
esmerada formación en las humanidades. La buena literatura, la historia y las
biografías nos enseñan sobre las personas y sobre la grandeza y la miseria de
los hombres.
Una persona prudente es una persona que sabe leer la realidad sin errores: donde hay bien descubre bien y donde
mal, mal. Esta capacidad de acertar en el juicio moral no es una tendencia
innata sino que se debe formar. Siguiendo a James Stenson en su práctico ensayo
“Lifeline: The Religious Upbringing of Your Children”, hay que atender a dos objetivos
que ayudan a agudizar el juicio: enseñar a hacer distinciones y aprender de los
errores.
Stenson dice que una manera de entender la virtud de la prudencia
es verla como la capacidad adquirida de hacer distinciones. Desde este punto de
vista, la labor de los padres se puede resumir entonces como el esfuerzo por
llevar a los hijos desde su natural liviandad para pensar y para juzgar los
asuntos sentimentalmente y de modo egoísta, a tener un juicio que sepa
distinguir lo bueno de lo malo, lo verdadero de los falso. En otras palabras,
los padres deben enseñar a sus hijos a discernir. Esta tarea es difícil, sobre
todo en una ambiente social en el que predomina el relativismo moral, en el que
se divinizan las opiniones personales y se exalta la coherencia con los propios
sentimientos. Nuestro autor señala que los padres necesitan trabajar duro para construir en los hijos esta capacidad de
discernir. Señalamos a modo de ejemplo las distinciones que los hijos deben ser
capaces de hacer:
·
héroe real - celebridades y personajes del espectáculo
·
derechos - intereses personales
·
amigo verdadero - conocido o cómplice
·
audacia - impulsividad
·
cortesía - vulgaridad
·
amor ordenado a uno mismo - orgullo y arrogancia
·
asertividad - agresividad
·
sano espíritu competitivo - exitismo
·
opiniones fundadas - sentimientos e impresiones
·
ley de Dios - leyes humanas
·
servicio público auténtico - servicio a la ideología
·
profesionalismo - trabajo amateur
·
amor por el pecador - odio al pecado
·
etc.
En cada familia se puede hacer crecer esta lista. Lo importante es
que los hijos comprendan estas y otras antinomias y manejen también el
vocabulario preciso que las describe.
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