Para un barco sin puerto al que llegar, cualquier viento es bueno.
O más bien no le sirve ninguno, porque el mismo navegar pierde el sentido. En
la educación de los hijos es fundamental transmitirles instrumentos de
orientación claros –mapas y brújula- que los sitúen en la vida. Se trata de
hacerlos personas de criterio, prudentes, sensatos.
Una primera manifestación de la prudencia de los padres será
contar con un proyecto de vida familiar bien definido. Este proyecto debe tener
muy claro: el punto de partida, dónde se quiere llegar y los medios para
lograrlo. Estos tres aspectos afectan a los padres como tales, al matrimonio y
a cada hijo.
El punto de partida de toda labor educativa es la persona de cada
papá y de cada mamá. Cada uno de ellos debe preocuparse de sí mismo, no con una
preocupación egoísta sino orientada a la entrega. Un buen papá o una buena mamá
es ante todo una buena persona: no es posible ser buen papá sin ser -o al menos
sin intentar ser- buena persona. Un padre prudente sabe entonces que él debe
empeñarse por vivir lo que quiere formar. Con esta afirmación nadie puede
sentirse desalentado, porque en el caso de carecer de alguna virtud, el hecho
de manifestar empeño por adquirirla ya es un excelente punto de partida para
educar.
Junto al cuidado de cada uno de los padres, es importante el
cuidado del matrimonio. El matrimonio es el fundamento de la vida familiar y
requiere el primer lugar de la atención de los cónyuges. El ejemplo de papás
que se quieren y que se esfuerzan por quererse mejor, vale más que todas las
atenciones directas al hijo.
Un buen padre sabe también dónde quiere llegar. En asuntos de
educación no es posible improvisar, sobre todo en los tiempos que corren, en
los cuales es poco lo que se puede esperar del contexto social. Hasta hace
algunas décadas, los padres educaban más o menos bien a sus hijos a pesar de
que no tenían una idea clara del punto de llegada. Sin embargo, como se trataba
de una sociedad cristiana, existía un ethos
que facilitaba enormemente la labor de los padres, pues implícitamente imprimía
una dirección al esfuerzo educativo. Hoy en día no es así. Para educar bien se
requiere una gran claridad de mente para saber conducir a los hijos a objetivos
bien trazados. De lo contrario, se va a la deriva, sin criterios para discernir
lo conveniente de lo inconveniente.
Unos padres prudentes buscarán que sus hijos vivan virtuosamente,
y si son cristianos, cristianamente: que sean héroes o santos. Cualquier meta
más baja significa no reconocer la dignidad del hijo y el esfuerzo educativo
nace con un defecto de origen que continuamente se manifestará.
Junto con definir el punto de llegada -la excelencia humana- es
preciso definir los medios. ¿Cómo formar en la práctica, en la vida del día a
día, estas cualidades propias de una vida de excelencia?
Como ya se ha indicado, el primer inductor de la prudencia o buen
criterio, será el ejemplo de los padres. Si ser prudente es tomar las
decisiones adecuadas, las decisiones de los padres irán decantando en una serie
de principios que van rigiendo la vida familiar. Estos principios pasan a los
hijos sólo si en primer lugar son algo práctico en el día a día. El discurso,
la racionalización, si bien necesarios, se enraízan si van respaldados por la
vida. Es importante tener claro cuáles son estos principios y cuál es su
precedencia. Sin ser exhaustivos nos parece que la vida familiar se debe
estructurar sobre los siguientes fundamentos:
a) Dios es el origen, centro y fin de la vida.
Los deberes religiosos son los primeros que se deben cumplir. En la
práctica esto influye en muchas decisiones de la vida familiar: apertura a la
vida, práctica sacramental, vida de oración, un plan se hace si permite cumplir
un deber religioso, el modo de vestir en determinadas circunstancias, modo de
enfrentar el dolor y la muerte, si se vive o no con una excesivo afán de
seguridad, etc.
b) A las personas siempre se les trata con
respeto. Nunca es legítimo pasar a llevar su dignidad. Este es el antídoto
contra el materialismo, que en su esencia no es otra cosa que tratar a las
personas como cosas. La manifestación de este principio en la vida familiar
puede ser amplia. Ponemos algunos ejemplos: modo de tratarse marido y mujer; si
se grita o no en la casa; si se permite juzgar a las personas por su
apariencia; fomentar la gratitud con las personas que trabajan en los distintos
servicios (aseos, comidas, lavandería, etc.).
c) Después de Dios, la familia debe ocupar la
primera prioridad. No existe auténtica felicidad al margen de la familia.
Por eso todos cuidan de contribuir al desarrollo de la familia, cada uno desde
el lugar que le corresponde. Los padres como padres, los hijos como hijos. En
una familia todos deben dar y recibir; un signo de que la educación está
andando mal es el hecho de que algunos sólo reciben pero no dan; hasta el niño
más pequeño puede “dar” algo: dejar sus juguetes ordenados, no entrar a la casa
con los pies embarrados, etc. Especial atención merece el trabajo de los
padres: nunca puede pasar a llevar sistemáticamente la dedicación a la familia;
es preciso combatir el trabajolismo y el síndrome del padre ausente.
d) El trabajo es un medio de perfeccionamiento
personal. No se puede mostrar desagrado ante el hecho de tener que trabajar.
El trabajo es un bien necesario, no una condena. Los padres son los primeros
responsables de enseñar a trabajar a sus hijos y deben velar por la calidad de
su trabajo escolar. Es importante destacar que lo que interesa no es el éxito
en el trabajo ni ganar dinero ni el lucimiento personal; lo valioso es trabajar
bien, con afán de servicio.
e) No se transa con la verdad. El fin de la
vida es conocer y amar lo verdadero y lo bueno. La vida familiar debe por lo
tanto tener esta nota: es un lugar donde se vive con transparencia, sencillez y
sinceridad. Esta última virtud es clave para la formación del niño y son muchos
los modos como se puede inculcar: ocupar habitualmente un lenguaje llano y
exigirlo así a los niños; tener una política moderada de premios y castigos;
darles a los hijos una gran confianza…
f) La felicidad se encuentra en la entrega.
Aquí se abre un gran capítulo para los padres: deben llevar progresivamente a
sus hijos a que vayan dándose con generosidad. Les enseñarán a ser buenos
amigos, a servir a los compañeros de curso, a preocuparse de sus hermanos, a
acompañar a los abuelos, etc. En este punto no se debe temor de exigir.
g) Tenemos responsabilidad frente al bien común.
La familia se integra en una comunidad más grande y se debe a ella. El destino del conjunto de
las otras familias con las cuales convivo -la patria- no nos es indiferente.
Hay que enseñar a los hijos a ser buenos ciudadanos. Un medio privilegiado es
el fomento de las actividades de servicio social y la sana preocupación por la
cosa pública.
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