“Esa batalla la perdí…”. A veces
se oye a decir a algunos papás parcial o totalmente superados por hijos que no
les hacen caso. Una verdadera pena –piensa uno para adentro- porque lo que ese
papá y esa mamá no saben es que no sólo perdió esa batalla, sino todas
las batallas. El hijo o la hija al ganar una batalla descubre que sus
padres se dan vencidos por cansancio y esta es una arma muy eficaz. Pienso en cosas
muy domésticas: la hora de levantarse, la responsabilidad en los estudios, el
espíritu de servicio en la casa, las horas de llegada, el uso de la
televisión…Esos son los frentes que, día a día, miles de padres deben dar
“batalla” para educar a sus hijos.
Los motivos por los que un papá
puede darse por vencido son múltiples y siempre suponen un problema de
planificación del proceso educativo. Algunos, agotados, no pueden mantener
todos los frentes abiertos y deben replegarse en alguno o capitular en todos;
otros son convencidos por los hijos (o por los amigos de los hijos…); otros
quizá cambian de opinión con el transcurso del tiempo; el de más allá considera
que nunca debió exigir nada a sus hijos sino solo darles cariño…; este se
siente con las manos amarradas porque se ha dado cuenta que la exigencia no es
razonable. Es muy posible que todo papá, en algún momento, se plantee:
¿conviene seguir insistiendo en esto?
Se puede descubrir un patrón
fundamental en los padres exitosos: las “tiradas de toalla” se reducen a un
mínimo; escogen con prudencia los frentes de exigencia de los hijos; conocen
muy bien los principios fundamentales en los cuales no se puede transar nunca y
sólo en torno a esos principios les señalan a los hijos normas absolutas.
Saber qué peleas dar y ser
consistente a lo largo de los años no es tan fácil. Exige por parte de los
padres que piensen a fondo en lo que quieren para sus hijos y en los medios que
pondrán para llevarlo a cabo. Esto es una consecuencia del amor inteligente.
Faltan puntos de referencia, y lo que antes se recibía por tradición familiar y
social, hoy se debe conseguir a través de una adecuada interrelación con otros
papás y con especialistas que apoyen en la tarea educativa. Esto es
fundamental. De otro modo se corre el riesgo del método de la prueba y el
error, y como la probabilidad de cometer errores es mayor, muchos de ellos son
irreparables y cuando nos damos cuenta, no queda tiempo para corregirlos.
Para definir bien las batallas
hay que conocer bien el temperamento de los hijos y para esto son cruciales los
primeros años de la infancia. La llamada edad de oro de la educación. El
conocimiento se hace difícil si las propias expectativas sobre el futuro de ese
hijo o de esa hija perturban la objetividad. Los padres que no quieren abrir
los ojos a la realidad, son por desagracia más frecuentes de lo que uno
quisiera. Naturalmente es comprensible una cierta falta de objetividad, pero no
la ceguera. Así nos encontramos con padres de excelente capacidad intelectual
que no se conforman que a su hijo le cueste el colegio; o madres con carácter
abierto y expansivo que se torturan porque su hija es más bien reservada (no
tímida). Y al no aceptar el punto de partida –hijo que le cuesta, hija menos
sociable- empiezan a exigir muchas veces lo que el hijo no puede dar. En el
caso del niño con dificultades académicas no puede dar a su padre la
satisfacción de ser el mejor del curso; y la niña no puede dar a su madre la
satisfacción de ser la reina de todas las fiestas. Esta falta de realismo
produce estragos en la educación, principalmente porque el hijo para aceptarse
debe percibir que es aceptado; o lo que es lo mismo: para amarse como es, su
base de apoyo debe ser el amor paterno / materno que lo confirma en la existencia.
Inteligencia entonces al escoger
las batallas que dar con los hijos. Tener muy claro por qué exijo esto y lo
otro y por cuánto tiempo. Saber razonar los motivos de esta o esa otra medida.
Y junto con la inteligencia, perseverancia. La tarea de la educación es de
largo plazo y los frutos se perciben, algunas veces, con el paso de los años.
Pero lo que es claro, es que nada se pierde cuando nunca se da una batalla por
perdida.
Está muy bueno, lo comparto plenamente.
ResponderEliminarSólo complementaría con la paciencia, la reflexión sobre lo que sucede con el hijo antes de planificar y, algo sobre el trato "justo" con los hijos es tratarlos con igual afecto u amor, es decir, en lo que no es escencial, iguales reglas o medidas no surten los mismos efectos sobre hijos distintos, por tanto ellas podrán adecuarse conforme a las necesidades que la visión amorosa del caso de un hijo en particular sugiera
Totalmente de acuerdo. En especial en lo que dices sobre la perseverancia. La crianza de los hijos es una carrera de largo aliento.
ResponderEliminarAl demostrarles que siendo constantes y esforzados pueden lograr todo lo que se propongan estarás dándoles herramientas para enfrentar los problemas que de seguro vendrán.