Una educación que no tiene en cuenta la dimensión religiosa
del hombre es necesariamente parcial, y podríamos agregar, provisoria. La
religión no es asunto accesorio y por lo tanto prescindible: para formar
auténticamente a una persona se debe tener en cuenta el fenómeno religioso. Hay
quienes sostienen el ideal de dar una formación “aséptica”: el “tema” Dios se
trata de esquivar y todo el proceso educativo se debe tratar de construir sobre
algunos principios que desde el punto de vista religioso sean neutros. Por dos
motivos estoy en profundo desacuerdo con esta postura. El primero y más
importante, es porque considero que el hombre es un ser esencialmente religioso
y un sistema educativo que se funda sobre una antropología inadecuada no puede
funcionar bien. En segundo lugar, una postura “objetiva” nunca es
verdaderamente tal: cuando se decide silenciar lo referente a Dios
inevitablemente se está tomando partido.
El inicio de la Semana Santa es una buena coyuntura para
reflexionar sobre la educación religiosa. En esta ocasión, sin embargo, me
gustaría escribir no sobre el núcleo de la transmisión de la fe, sino sobre cinco
presupuestos que ayudan enormemente a que esta transmisión sea eficaz. Como es
fácil advertir, me es inevitable tomar la perspectiva de la fe católica.
1. Uno de los activos más “rentables” en la educación de los
hijos es el empeño de los padres por cuidar la unidad de su matrimonio. Cuando
el matrimonio está muy unido las cosas resultan fáciles, muy fáciles para
quienes quieren educar bien a sus hijos. Del testimonio de amor entre sus
padres los hijos aprenden importantes enseñanzas que determinarán, en último
término, sus posibilidades de felicidad. No hay mejor camino para ser un buen
papá que esforzarse por hacer patente a los hijos que la mamá es lo más
importante para el papá, y mutatis
mutandi podemos decir lo mismo para las mamás. Cuando el otro cónyuge está
en el centro de la propia vida y efectivamente ambos se hacen uno, se consigue
la propia felicidad y se entrega a los hijos las claves para que sean felices.
El mensaje que le están transmitiendo a sus hijos es tan simple como profundo:
hay que esforzarse por salir de uno mismo y entregarse a los demás; quien vive
para el otro o para los otros se realiza plenamente como persona; quien busca
en forma egoísta su felicidad y ve en los demás oportunidades para saciar su
sed de felicidad, sólo se encuentra con la soledad y el vacío. Este mensaje que
quizá no se dice ni se escribe, los hijos lo asimilan y les será útil cualquiera
sea el camino que tomen en la vida.
2. El segundo presupuesto tiene que ver con el modo cómo se
trata a las personas. Una idea que debe permear en los hijos, porque primero lo
viven los padres, es rechazar dentro del hogar cualquier forma de falta de
respeto a los demás. Los papás deben encender las alarmas cuando en los hijos
adviertan señales de materialismo, que no es otra cosa que tratar a las
personas como objetos. Si juzgan a los demás por el modo de vestir, o de
hablar, o por los viajes que hacen…O si tratan a los demás como escalones que
sirvan a sus propósitos. Lamentablemente, el ambiente hoy por hoy no acompaña,
y vivimos bombardeados por la publicidad, el afán de estatus y el querer ser
considerados por bagatelas o frivolidades. El materialismo en todas sus formas
es un enemigo sutil, pero que puede terminar destruyendo hasta los mejores
esfuerzos educativos.
3. Un tercer aspecto que es fundamental para una educación
religiosa armónica es crear un auténtico calor de hogar. Un amigo comentaba el
otro día, que él vivía en una casa a la que daban ganas de llegar después del
trabajo. Uno supone que principalmente eso le ocurría porque al llegar no
experimentaba la soledad. Una casa es un verdadero hogar cuando cada miembro de
la familia se siente querido sin condiciones (que no significa sin exigencia),
y también, e inseparablemente, cuando se esfuerza por querer y respetar a los
otros también sin condiciones. También hay que dar importancia a ciertos
detalles de cortesía y urbanidad que no ahoguen la espontaneidad sino que la
encaucen. Por favor, gracias, perdón…no son palabras que surgen espontáneas, hay que enseñar a usarlas.
Una buena ayuda para lograr este ambiente es tener la TV a raya y prescindir
totalmente de ella en los momentos principales que la familia está reunida.
4. El
cuarto principio tiene que ver con la lectura. Los beneficios de la lectura y
más concretamente de la buena literatura, desbordan el ámbito meramente
académico. Son muchos los estudios que vinculan profundamente las narraciones
literarias con la educación moral. La formación religiosa se hace más sólida
cuando en la vida familiar se fomentan las buenas lecturas. Las narraciones son
fuente de transmisión de valores y de modelos de conducta que estimulan a la
imitación o al rechazo según el caso. Cuando un niño o un joven ha leído buenos
libros, la vida de virtud no se le presenta como algo teórico y abstracto, sino
que es capaz de mirarlo como algo vivo que lo afecta y que es capaz de ser
parte de su propia trayectoria vital.
5. El
quinto aspecto tiene que ver con la formación cultural. El hombre nace y vive
inmerso en una cultura y las decisiones que él toma están más o menos
determinadas por esta cultura. No quiere esto decir que se anule la libertad y
la responsabilidad, pero no sería realista afirmar que la formación de las
propias convicciones es independiente del medio en el que se crece. La
comprensión de uno mismo también pasa por la comprensión del entorno cultural.
Y aquí juegan un papel fundamental las humanidades. Si se quiere dar una
formación moral es fundamental que el niño y el joven lean los grandes textos
de la historia del pensamiento. Si se descuida este aspecto, se deja a la
persona a merced de la moda y de la propaganda.
Resulta interesante que en el debate sobre educación se planteen problemas fundamentales, como lo son el de la estabilidad familiar, los ejemplos paternos, el contacto con la cultura universal mediante la lectura, etc. Creo que el hábito de lectura y la presencia de los padres son dos dimensiones muy unidas en la educación. Sin un padre o una madre (o puede ser una tía o el hermano mayor) que insista en la importancia de la lectura y proponga libros (a veces con majadería) y consiga armar una pequeña colección por lo general es difícil comenzar con el fomento de la lectura, que es un placer y un hábito que se adquiere poco a poco. La televisión o navegar por internet siempre serán una alternativa más fácil y menos exigente intelectualmente; ahí entra el rol persuasivo de los padres o mentores, que le pueden mostrar al que se inicia, desde su propia experiencia, el gozo de leer Heródoto, Tintín, Jane Austen o Dostoiesvki.
ResponderEliminarMuchos saludos desde Alemania, Pato D.