Entre los meses del año, no hay duda de que marzo ocupa un
lugar especial. Han terminado las vacaciones, la gente está más descansada,
entran los colegios y las calles se cargan, las universidades retoman sus
actividades, el Congreso reanuda el trabajo legislativo, el presupuesto
familiar se estresa…El elenco podría seguir. En general el ánimo es optimista y
después del receso estival la gente suele confiar que el tiempo y el olvido
hayan hecho su trabajo.
En el ámbito familiar, los papás con hijos en edad escolar,
al hilo que compran los útiles escolares y ven los cuadernos nuevos que ellos
llenarán durante el año, apuestan a que las cosas andarán mejores que el año
anterior. Este hijo subirá las notas, el otro estará más ayudador en la casa;
el de más acá ahora que es más grande podrá acompañarme en el deporte, o el de
más allá resolverá tal dificultad de aprendizaje o de desarrollo de la
personalidad. Expectativas legítimas que muchas veces se tratan de hacer
realidad de manos de especialistas: un profesor de matemáticas, clases de tenis
o de pintura, o algunas sesiones con la psicopedagoga…
Qué duda cabe de que es bueno y legítimo tener altas
expectativas sobre los hijos. Después de todo, serán lo que nosotros veamos para ellos. Lo expresa con
maestría Jean Guitton: “El secreto de la educación es imaginar a cada
ser un poco mejor de lo que es en realidad. ¿Qué soy yo, pues, sino lo que
creen de mí los que me aman?”. Es verdad. Marzo es el mes para imaginar a
los hijos un poco mejores de lo que son ahora; es el momento para plantearse
metas ambiciosas en todos los frentes de su desarrollo. Pero es preciso hacerlo
con realismo y sentido común.
Realismo
en la educación de los hijos significa saber qué se le puede pedir a cada uno y
no tratar a todos igualmente, ya que como diría Aristóteles, es esencialmente
injusto. Y para acertar en asunto tan importante es necesario conocer muy bien
a cada hijo. Y esto no es tan sencillo. Por desgracia son muchos los papás
hombres que están reprobando esta asignatura. Y la reprueban porque están tan
absorbidos por su trabajo o por lo que sea, que no dedican el tiempo suficiente
para estar con su familia. Conocer a una persona requiere cantidad y calidad de
tiempo. No basta ni con la cantidad ni con la calidad. Ambas juntas. No es un
objetivo fácil de conseguir; son muchos los factores que no están facilitando a
los papás llegar más temprano a sus casas para pasar más tiempo con los suyos:
competitividad en el trabajo, ambición, tráfico de la ciudad, egoísmo…
Ahora que
comienza el año escolar es un buen momento para proponerse un objetivo
ambicioso en la labor más importante: “este año 2012 seré mejor papá”. Y un
modo concreto de lograrlo es destinar más tiempo a la familia; tener más
presencia física y afectiva en el hogar. Cualquier otra meta que se plantee con
cada uno de los hijos se debe apoyar sobre este propósito; cualquier otro
empeño palidece y parece intrascendente ante la tremenda trascendencia de ser
un buen papá. No olvidemos que después de todo, los hijos son el negocio más
importante.
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